Joseph E. Stiglitz en su más reciente libro El Euro: Cómo
la moneda común amenaza el futuro de Europa, nos muestra una vez más cómo las
políticas inspiradas en la ideología más que en la evidencia son tan nocivas
como inapropiadas. En el caso de
la eurozona, la integración económica con base en una moneda común se planteó
prematuramente, sin establecer una serie de instituciones que permitieran que
una región con la diversidad que tiene Europa funcionara eficazmente con una
sola moneda. El proyecto de integración política, que también se buscaba, nunca
se hizo realidad. La divergencia entre los países es cada vez más grande y particularmente desde la crisis
financiera de 2008, agravada con la del euro en 2010, los países del Sur de
Europa cada vez están más estancados mientras que Alemania se hace cada vez más
rica en comparación con otros países de la zona pero a costa de una gran desigualdad
interna.
La moneda única implicaba un tipo de cambio fijo y un tipo de interés único, para países
con diversas particularidades y
grados de desarrollo. Inicialmente hubo convergencia y el dinero fluyó a los
países de la periferia como Grecia, España, Portugal e Irlanda pero cuando
llegó la crisis, que obró como detonante, los capitales y el crédito los
abandonaron. Se culpó a las víctimas, a sus abultados déficits y a la corrupción pero la realidad es que las políticas de la eurozona
impidieron la adaptación a las conmociones de la crisis financiera mundial.
No se podían tomar políticas discrecionales basadas en la
tasa de cambio o la tasa de interés , en su defecto se impusieron las devaluaciones internas competitivas, o
sea bajar los precios del país en
relación con el resto, mediante
políticas de austeridad. La caída de los salarios y precios, no condujo
a un crecimiento de las exportaciones pero sí a una reducción del PIB y el
estancamiento económico se entronizó en la eurozona. En cuanto al exceso de
deuda de los países endeudados en euros, no había control sobre la impresión
sobre la moneda y algunos países de la eurozona se volvieron prestatarios de
otros, especialmente Alemania que tenía el dinero.
Alemania presenta ahora un superávit comercial enorme: más grande que el de China como
porcentaje del PIB, lo cual es un problema porque se refleja como déficit en el
resto de países de la eurozona, contribuyendo a una crisis de la demanda en
toda la zona.
Como dice Stiglitz, “la eurozona era un edificio hermoso
levantado sobre unos cimientos muy débiles”, las virulentas grietas se hicieron
evidentes después de la crisis de 2008. El libre flujo de capitales hizo que se
creyera que no había riesgos y primero el flujo llegó a los países periféricos,
se crearon burbujas inmobiliarias
(España e Irlanda) y crearon déficits públicos en (Grecia) e inflación, luego este dinero abandonó
a los países débiles hacia los países fuertes.
La fuga de capitales y la migración laboral se convirtieron en fuentes de
divergencia. Bajo la libre
circulación de trabajadores y de capital, los países compiten por atraer los
capitales y los trabajadores más calificados, rebajando los impuestos lo que
agravó la divergencia entre países. Es indudable que la eurozona ha impuesto
más armonización de la necesaria lo cual ha molestado especialmente a los
británicos. Se prohibieron las políticas de fomento industrial que hubieran
permitido a los países más atrasados converger.
La troika y la crisis
A los problemas de la estructura de la eurozona se han sumado las políticas impuestas a los países más afectados tras la crisis por la troika conformada por el Fondo Monetario Internacional, FMI, el Banco Central Europeo, BCE, y la Comisión Europea. Europa se equivocó imponiendo la austeridad y unos recortes excesivos al gasto público que solo ahondaron la crisis.
El BCE, la principal institución bancaria, se centró, por
motivos ideológicos característicos
de la ortodoxia neoliberal en la estrecha lucha contra la inflación,
olvidándose de la responsabilidad democrática. Cuando sobrevino la crisis, no existía en la eurozona un
sistema bancario que garantizara el rescate de las entidades con problemas ni un fondo especial
para la estabilización. “El ejemplo más radical lo vimos cuando el banco
decidió no ejercer como prestamista de última instancia para Grecia en el
verano de 2015. Mientras Grecia negociaba con la troika, los bancos del país se
vieron obligados a cerrar sus puertas y entre bastidores el BCE amenazaba con
imponer aún más costes al país si no aplicaba con cumplir con las demandas de
la troika”.
Las alternativas
Stiglitz no solamente analiza la crisis del euro, es propositivo y plantea un mundo alternativo: darle la oportunidad al euro de salir adelante lo cual implica unos cambios estructurales para lograr la convergencia entre países o un divorcio amistoso, o sea la salida de unos cuantos países de la eurozona, quizás con la división de la eurozona en dos o más áreas con sus respectivas monedas.
El libro explica con detalle el tipo de reformas que se
necesitarían para uno u otro caso.
Para que la eurozona funcione se requieren de varias reformas estructurales:
Primero, un sistema financiero común.
Segundo, la mutualización de la deuda. Tercero, un marco común para la estabilidad que consta de
seis partes: 1. Reforma a los criterios de convergencia de Maastrich, 2. Un
fondo solidario europeo de estabilización, 3. Implantar estabilizadores
progresivos automáticos. 4. Una política monetaria más flexible, 5.
Regulaciones a los mercados y 6. Unas políticas anticíclicas más activas. Cuarto, una verdadera política de
convergencia, o hacia una realineación estructural (Desalentar los superávits,
la ampliación salarial y las políticas fiscales en los países con
superávit, revertir el resto de
políticas divergentes). Quinto, una estructura de la eurozona que fomente el
pleno empleo y el crecimiento en toda Europa (la macroeconomía). Sexto, reformas para garantizar el pleno empleo
y el crecimiento en toda Europa (Un sistema financiero que sirva a toda la
sociedad, una reforma ala gobernanza corporativa, un supercapítulo 11 para las
quiebras, promover las inversiones medio ambientales). Y Séptimo, un compromiso por la
prosperidad común.
Igualmente plantea una serie de reformas en las políticas anticrisis y algunas
medidas para un divorcio amistoso comenzando por un nuevos sistema monetario
más acorde a las exigencias del
siglo XXI.
El Brexit
Aunque Gran Bretaña nunca aceptó el Euro como moneda única considera que el Brexit es expresión de las fallas de la eurozona como proyecto de integración y señala que el Reino Unido, en parte, se ha visto atrapado en el mismo torbellino que ha golpeado a Estados Unidos: los ciudadanos de a pie de ambas orillas se han hartado, grandes sectores de la población la están pasando mal pues la agenda neoliberal de los últimos 30 años solo ha beneficiado al 1%, pero no al resto.
El centro izquierda del Reino Unido se dejó cooptar y
abrazó la agenda neoliberal e impuso la austeridad por su cuenta. La extrema
derecha, por su parte, se ha centrado en el tema de la inmigración y el
comercio como fuentes de la crisis, y en parte tienen razón. Los tratados comerciales
se han negociado en secreto, teniendo en cuenta los intereses empresariales y
no los de los ciudadanos del común. Como en el caso del comercio los defensores
de la liberalización de las migraciones sobrevaloraron los beneficios y subestimaron los
efectos distributivos y sus consecuencias. Desde mediados de 2015, la atención se trasladó de la crisis del
euro a la de los inmigrantes, los miles de refugiados provenientes de países
desgarrados por las guerras de Oriente Próximo. Europa ha gestionado mal esta
crisis y nunca logró un sistema equitativo para repartir la carga.
La solución está ahí, pero se requier de una decisión política. Se necesita más Europa o menos Europa.
La crisis del Euro no ha terminado, por lo pronto una mayor integración
económica no ha conllevado ni ha un mayor bienestar ni a una mayor integración
política. De todas maneras el
status quo es insostenible. La
eurozona es la unión de 19 países muy diferentes. Los costes de la disolución
pueden ser altos pero el coste de permanecer juntos pueden ser aún mayores,
concluye Stiglitz.
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