Historias de la realidad o la realidad de las historias

viernes, 4 de febrero de 2022

Pandemia, crisis neoliberal y Estado-nación: tres claves en el debate actual



Las secuelas que ha dejado la globalización neoliberal son a la vez terribles y elocuentes: las ganancias históricas de los trabajadores entraron  en franco retroceso,  el extremismo político floreció,  la polarización económica y social se agudizó, las naciones y las sociedades van a camino a la desintegración,  las guerras étnicas, religiosas e imperialistas proliferan y las ideologías extremas, míseras y mediocres están diluyendo  la compasión y destruyendo el significado de la responsabilidad ciudadana y propiciando un entorno muy difícil para los gobernantes. La lección aprendida mas no suficientemente asimilada todavía es que los mercados desregulados son peligrosamente inestables y en últimas económicamente ineficientes.  

El profesor emérito Manfred Bienefeld de la universidad Carleton en Otawa,  donde estudié mi maestría en Administración Pública, me ha dicho en sus últimas misivas que sus peores temores se están haciendo realidad, posiblemente la globalización haya llegado demasiado lejos y que los profetas de la barbarie podrían tener  algo de razón. 

Su tesis principal sostiene que los mercados deben estar integrados social y políticamente a marcos institucionales  capaces de manejar las tendencias centrífugas de los mercados.  Pero si se deja que el capitalismo global erosione a los estados nacionales encargados de estas funciones,  los ciudadanos perderán la fe en ellos y el mundo se tornará cada vez más conflictivo y acudirán a la religión, la raza y la identidad para encontrar un sostén a sus vidas. La cohesión social, la estabilidad política y el bienestar humanos se construyen más fácilmente cuando los contribuyentes creen en las instituciones porque  perciben beneficios tangibles gracias a que los estados nacionales tienen la capacidad de manejar procesos económicos  en torno a  un amplio propósito social común. 

El profesor Bienefeld, un economista keynesiano,  nos recordaba siempre  que otros mundos son posibles y que el capitalismo ha tenido mejores épocas,  en especial el período de la segunda posguerra cuando en respuesta al  crack del 29 -por la excesiva liberalización económica de los años veinte -, se instauraron las políticas del New Deal y el estado de bienestar surgió y los gobiernos socialdemócratas florecieron en muchos países del mundo, constituyéndose en la época de mayor estabilidad de los mercados financieros donde también imperaba un pacto social entre patronos y trabajadores. 

Las reglas y regulaciones de las instituciones diseñadas para proteger el capitalismo global, que sirven a ciertos intereses específicos financieros y corporativos a expensas de la mayoría, tienen un carácter político: la globalización neoliberal no es un resultado de avances tecnológicos -como nos lo han hecho creer los neoliberales para convencernos de que es inevitable e irreversible -sino de recetas de políticos y economistas de derecha.  

Entender la globalización como un resultado político es importante para poder corregir  el desmadre que nos ha dejado. Las soluciones no van a venir de parte de instituciones internacionales ni de instancias supranacionales sino de parte de  los estados nacionales soberanos: un nacionalismo positivo y constructivo, capaz de funcionar dentro de un marco social y político definido democráticamente que refleje  objetivos sociales, políticos, culturales, éticos y ambientales.  

Estas reminiscencias las traigo a colación porque el debate está abierto nuevamente. El tsunami de la pandemia de la Covid-19, tras cuarenta años de pesadilla  neoliberal, cogió aún a las economías occidentales más ricas impreparadas y con sistemas de salud frágiles. De hecho, la pandemia ha obligado a la mayoría de gobiernos a intervenir sus economías, rompiendo el paradigma del libre mercado y  quedando demostrado que las ONG, las compañías multinacionales y los organismos internacionales son en esencia insuficientes para combatir una crisis sistémica. 

Hasta los inversionistas lo dicen: "Los gobiernos ya no tienen otra opción, deben intervenir masivamente no solo en los mercados, sino sobre todo en la economía real para evitar un escenario de desastre al estilo de los años treinta", admite Yves Bonzon, director de inversiones de Julius Baer".  

Es más, las medidas adoptadas para manejar la crisis sanitaria y reactivar las economías  comprenden  intervenciones de Estado con una clara intención proteccionista con implicaciones de largo plazo. 

El presidente de los Estados Unidos, Joe Biden, ha impulsado  una gran expansión del gasto público en programas sociales, infraestructura y la transición a una economía verde. Y quién se iba a imaginar que el comercio internacional se paralizaría por una crisis logística y de suministros. La pandemia cambió abruptamente la dinámica de las cadenas globales de valor desafiando la lógica de integración global de la producción y el suministro.  

Cuando golpeó la covid en 2020, el primer reflejo de las autoridades a ambos lados del Atlántico fue la de proteger al capital. Pero a diferencia de 2009, la generosidad monetaria estuvo respaldada por un gasto público basado en un endeudamiento sin precedentes: adios a la austeridad. 

Es más, el profesor de Harvard, Dani Rodrik en el artículo para PS de septiembre de 2021 Aprendiendo las lecciones correctas de la experimentación económica de EE. UU dice que: 

“La conversación sobre política económica en los Estados Unidos se ha transformado completamente en el espacio de unos pocos años. El neoliberalismo, el Consenso de Washington, el fundamentalismo de mercado, llámelo como quiera, ha sido reemplazado por algo muy diferente". 

Efectivamente:  se prefiere sobreestimular la economía sobre la austeridad, se discute  un impuesto global para las corporaciones multinacionales, la política industrial está de regreso, se habla de buenos empleos y de empoderar a los trabajadores y sindicatos, las plataformas tecnológicas se ven como monopolios, la política comercial busca salvaguardar las cadenas de suministro nacionales. 

Aunque el entusiasmo por el libre mercado ha disminuido entre los economistas, no ha habido desarrollos programáticos al estilo del keynesianismo o del conservadurismo de Friedman, y esto es mejor pues cada país debe tomar medias políticas y económicas de acuerdo a sus circunstancias, concluye Dani Rodrik.  

No obstante, los gobiernos, aún los progresistas que están ensayando nuevos remedios,  no pueden eludir las contradicciones generadas  por la globalización neoliberal y aparentemente tampoco los problemas surtidos  del lado oscuro de la naturaleza humana. Así, por ejemplo, el crecimiento descomunal de la deuda global va a desestabilizar  eventualmente a los sistemas financieros y los bancos centrales van a ser menos capaces de amortiguar  sus graves  consecuencias. Dice el sociólogo alemán Wolfang Streeck, autor de ¿Cómo terminará el capitalismo? Ensayos sobre un sistema en decadencia, (2014), que el sector financiero se ha convertido  en un gobierno privado internacional que disciplina a las comunidades políticas nacionales y a sus gobiernos públicos, sin tener que rendir cuentas democráticamente a nadie. 

Es imposible predecir el futuro, pero con toda certeza la destorcida neoliberal, ahora aupada por el tsunami de la pandemia y en medio de un creciente militarismo, representa muchos desafíos para todos: las sociedades fracturadas, las economías desequilibradas,  los líderes que buscan el cambio y los atribulados gobiernos.






1 comentario:

  1. Aunque no es tu idea, debo decir que tu artículo "me gusta". Solo agregaría un desafío: la desinstitucionalización de las naciones en especial las del tercer mundo.

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