Historias de la realidad o la realidad de las historias

lunes, 25 de noviembre de 2019

El mito populista como respuesta a la crisis del orden neoliberal global


Tanto los populismos sudamericanos de izquierda como el estadounidense y los europeos de derecha encontraron su agosto en momentos de gran descontento social por cuenta de la crisis de la globalización neoliberal y de la pérdida de credibilidad de los partidos políticos tradicionales y de las ideologías liberal y marxista.

En efecto, los gobiernos latinoamericanos de Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa y Fernando Lugo del llamado “giro a la izquierda” u “ola rosa de América Latina” coinciden con crisis económicas, sociales y políticas asociadas al agotamiento del modelo neoliberal que se impuso en los noventa y accedieron al poder por vía electoral y no por vía revolucionaria como lo proponía la izquierda en décadas anteriores. [1] 

Por su parte, el populismo de derecha se puso de moda precisamente en los años que siguieron a la crisis financiera global de 2008 y 2009.  Es en la última década que hemos presenciado el resurgir de populismos marcadamente xenófobos, antiliberales y anticosmopolitas en una gran cantidad de países europeos y en los Estados Unidos que no se pueden asimilar al fascismo clásico del siglo XX. [2]

 Si bien los shocks externos generan un desencanto con las formas existentes de representación política y traen consigo nuevos liderazgos externos o outsider, no explican a cabalidad la efectividad política y resiliencia de estos gobiernos, ni el signo final de las transformaciones.

 El populismo funciona, dice María Esperanza Casullo, quien dedica su libro titulado ¿Por qué funciona el populismo? El discurso que sabe construir explicaciones convincentes de un mundo en crisis, no a defender o justificar el populismo de un signo u otro sino a explicar su eficacia la cual yace en el discurso persuasivo que se emplea.

Para Casullo, “la obsesión por identificar al populismo como de izquierda o de derecha exclusivamente según el menú de políticas públicas es un esfuerzo que, aunque repetido al infinito, termina necesariamente en frustración conceptual y empírica”. Por ello aborda el populismo como un fenómeno propiamente político, no sociológico, ni económico.  Ella analiza el populismo como discurso mítico para explicar por qué los líderes y partidos populistas no solo ganan las elecciones – muchas veces contra todos los pronósticos- sino por qué una vez en el poder se mantienen por más tiempo.

Los líderes populistas cuentan historias (como son los mitos) simplemente porque la narrativa funciona.

“Un mito populista debe lograr tres objetivos básicos: explicar quien forma parte del pueblo, del nosotros; explicar quien es el villano que le ha hecho un daño a ese nosotros, y justificar por qué ese pueblo necesita de ese líder para reparar el daño sufrido, encarar la lucha épica y lograra finalmente su redención histórica”.

Es condición del populismo la presencia de un líder personalista y carismático cuya autoridad existe en tanto sus seguidores estén convencidos de que ésta existe; de ahí que “el líder debe crear y recrear la legitimidad de su propia autoridad mediante la apelación discursiva directa y constante a sus seguidores”. Los lideres populistas hablan de sí mismos, de su historia personal y deben ser por naturaleza contadores de historias. En sus discursos siempre se presentan como outsiders, es decir, como alguien que viene “de afuera”, incontaminado por los vicios de la “partidocracia” o el establishment y que se ha visto casi forzado a entrar en la política debido a la indignación moral que el sufrimiento del pueblo y la traición de la élite le generan, impulsados por un deseo de servir al pueblo.  A diferencia tanto del liberalismo como del marxismo, el populismo no plantea un horizonte futuro de superación de la división posible entre pueblo y élite, es decir que el mito populista no es emancipador sino redentor.

En el caso del populismo de izquierda el antagonismo está dirigido hacia arriba, es decir, hacia una élite económica-social.  En contraposición, en el populismo de derecha de, por ejemplo Donald Trump y Marine Le Pen, el antagonismo está dirigido hacia abajo: hacia inmigrantes, minorías étnicas y mujeres principalmente. Se trata de una estrategia racional a fin de contar siempre con un público leal.  En el discurso populista la referencia a la emoción es abierta y constante.

Cada evento populista a lo largo de la historia adquiere un contenido propio y particular y los hay de todos los pelambres: el militar patriota lo representaron en el siglo XX Getulio Vargas, Juan Domingo Perón, Omar Torrijos, José Velasco Alvarado. El dirigente social ejemplificado por Lula da Silva, Evo Morales, Fernando Lugo, Rafael Correa que entraron a la política desde afuera. El empresario exitoso tipo Silvio Berlusconi y Donald Trump pero también en parte por Mauricio Macri en Argentina.  

Que el mito populista en América Latina y la apuesta por su radicalización hayan sido efectivos se debe a tres razones, según Casullo: primero, la alta heterogeneidad de las sociedades latinoamericanas vuelve casi imposible la conformación de partidos basados en un único principio identitario como la clase o la etnia. La segunda, la mayoría de estos gobiernos llegaron al poder en un contexto de crisis y de implosión de los sistemas partidistas y tercero, todos afrontaron grandes dificultades en un principio de manera que apelaron “directamente a la sociedad para generar un principio de lealtad”.

Con el tiempo, la mayor debilidad de este modelo de construcción política fue la imposibilidad de resolver la sucesión presidencial de una manera satisfactoria, sostiene la autora. Es imposible institucionalizar la transmisión del carisma para el sucesor del líder original. Hugo Chávez pudo imponer a Maduro pero éste no cuenta con la autoridad carismática del primero y se torna abiertamente autoritario. Evo Morales decidió forzar su propia permanencia infructuosamente. En segundo lugar, los populismos también pierden las elecciones, es difícil que se mantengan por más de diez años.  En América Latina el fin de los populismos tuvo que ver con que la mejoría social estuvo muy ligada al boom de los commodities y quienes salieron de la pobreza empezaron a rechazar el discurso antagonista que llevó al poder a estos movimientos.

Los partidos populistas de derecha de hoy buscan “dividir la sociedad entre un “nosotros” y un “ellos” en tres temas clave: la inmigración y lo foráneo; la tecnocracia multinacional encarnada en la Unión Europea, y los cambios en el modelo de familia patriarcal. Estas tres áreas resultan determinantes para la generación de una identidad propia. Sin embargo, y a diferencia de los populismos de izquierda, no tienen objeciones hacia el sistema capitalista per se, aunque sí sobre los efectos de la globalización sobre el “pueblo auténtico”. “Aunque los populismos de derecha pueden movilizarse en contra del neoliberalismo y a favor del estado bienestar, siempre sostienen que los beneficios estatales solo deben alcanzar a algunas personas, en general, a la población blanca rural y envejecida, y que deben eliminarse para otros, considerados moralmente inferiores”. Mientras los populismos de izquierda miran hacia el futuro los de derecha  tienden a ser nostálgicos y miran hacia un pasado idealizado.

El mito es inherente a cualquier proyecto político, el mito populista es sólo una historia entre muchas, es imposible expurgar los mitos de la política y solo hablar de cifras, de ideas puras.  La autora invita entonces no a eliminar los mitos sino a comprenderlos, a hacerlos explícitos, a discutirlos.

Por mi parte, creo que hay que profundizar y cuestionar permanente y sistemáticamente los discursos políticos, su contexto social y económico, invitar a “no comer cuento” para poder construir cada vez mejores alternativas políticas, más acordes con los tiempos y las realidades de cada sociedad.  









[1] Sin que ello signifique que no haya habido populismos de derecha como el de Álvaro Uribe Vélez en Colombia y Jair Bolsonaro en Brasil.  
Según Enzo Traverso en su libro Las nuevas caras de la derecha: tal vez podríamos decir que Trump está tan lejos del fascismo clásico como Occupy Wall Street, los Indignados y Nuit Debout lo están del comunismo del siglo pasado.
El fascimo “proponía un proyecto de sociedad, una civilización, una “tercera vía” opuesta simultáneamente al comunismo y al liberalismo. Trump no propone ningún modelo alternativo de sociedad.  Su programa se reduce a la consigna “make America Great Again”. No quiere cambiar el modelo económico y social estadounidense, por la sencilla razón de que este le asegura enormes beneficios”.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Realidades en mundo globalizado: Donald Trump en el contexto de la Globalización

Realidades en mundo globalizado: Donald Trump en el contexto de la Globalización: Bernie Sanders al ser reelegido por tercera vez como senador por Vermont en las pasadas elecciones de mid term dijo que Donald Trum...

Donald Trump en el contexto de la Globalización



Bernie Sanders al ser reelegido por tercera vez como senador por Vermont en las pasadas elecciones de mid term dijo que Donald Trump era un mentiroso patológico y que nunca antes en su vida le había tocado ver a  un presidente de Estados Unidos que en lugar de  tratar de unificar  al país esté intentando “dividirnos con base en el color de nuestra piel, el lugar de donde venimos, la religión,  el  genero y nuestra identidad sexual”. Al tomar control de la Cámara de Representantes el partido Demócrata tiene posibilidades de frenar en parte la desafiante agenda de Trump e incluso de investigar algunas de sus más cuestionables actuaciones. Pero ¿por qué la potencia más poderosa del mundo termina eligiendo como  presidente a semejante personaje?

La elección de  Donald Trump como presidente de Estados Unidos y el Brexit  en 2016 fueron  hechos inesperados que no resultan tan sorprendentes si los entendemos en contexto. Tanto Trump como el Brexit son  respuestas  a la globalización rampante que ha sido impuesta en el mundo por los grandes poderes económicos, financieros y políticos  a un costo muy  alto para la humanidad, pero que no garantizan una salida a la crisis contemporánea, son caminos escogidos en un proceso largo e incierto.   Los excesos del capitalismo de libre mercado han traído consigo un gran desarrollo tecnológico y un acortamiento de distancias pero también una gran desigualdad al interior de cada nación y entre países. 

La destorcida de la globalización neoliberal aparece igualmente problemática. El descontento de amplios  sectores de la población, de  trabajadores y desempleados, de sectores medios se hace sentir de formas nunca antes vistas. En la medida en que los gobiernos nacionales pierden la confianza de sus electores por su incapacidad para proveerles con una mínima seguridad social, política y económica, la gente cada vez más se aferra  identidades étnicas y religiosas, principalmente, como a una tabla de salvación lo cual es una ficción ya que todos  en el fondo somos mulatos o mestizos, una realidad que nos negamos a aceptar, en tanto que la religión  es un campo minado de percepciones y demandas no negociables. 

Dice Manfred Bienefeld, profesor emérito de la Universidad de Carleton en Ottawa, que como están las cosas hoy día parecería que Hitler hubiese ganado la guerra, ya que las grandes potencias continúan impulsando y utilizando las diferencias étnicas para erosionar a los estados “inconvenientes” como lo hicieran en el pasado –URSS, Yugoslavia, Georgia, Ucrania- y en sus propios países ahondar los conflictos separatistas o hacer eco de los pedidos de sectores aborígenes  que reclaman una nacionalidad basada en la etnia. A  éstos fenómenos se suman posturas políticas ultraconservadoras contra los migrantes, los valores liberales tradicionales y los Derechos Humanos. Yuval Noah Harari sostiene que “desde la crisis financiera global de 2008, personas de todo el mundo se sienten cada vez más decepcionadas del relato liberal”. Ante la decepción del paradigma liberal, debido esencialmente al no poder identificarse con gobiernos que satisfagan sus más íntimas necesidades amplios sectores sociales se apegan  a sus privilegios raciales, nacionales o de género. 

Donald  Trump surge con un relato nuevo luego de un período de estancamiento económico en la Administración de Obama; tiene una agenda nostálgica para hacer que “América sea grande de nuevo”, regresando a un pasado supuestamente glorioso que contrarreste el evidente declive de la superpotencia donde su hegemonía está siendo cuestionada principalmente por China. Durante la Administración  Reagan el poderío de Estados Unidos adquirió un punto culminante con una frenética expansión del gasto militar haciendo crisis en 2003 cuando ocupó a Irak, cuestión que causó gran daño al status internacional norteamericano.  Una asediada Estados Unidos  busca desesperadamente  mantener su status hegemónico a pesar de los crecientes problemas sociales, políticos y económicos internos  en tanto que pierde  influencia externa.  No se puede uno imaginar un escenario más peligroso para la paz mundial, especialmente porque de nuevo Estados Unidos se ha enfocado en una estrategia belicista y en el incremento del gasto militar, empujando a China y a Rusia en la misma dirección.  Los aliados naturales de Trump, argumenta James Petras, son personajes sanguinarios como el “Príncipe de la Muerte” de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, el presidente electo de Brasil, ultra neoliberal fascista, Jair Bolsonaro, se postra ante Israel principal mentor y jefe de operaciones en Oriente Próximo, además de un aliado militar estratégico.

La  estrategia política internacional de Donald Trump  ha propugnado por el aislacionismo, despreciando los mecanismos e instituciones multilaterales, ha exacerbado  relaciones con muchos países incluida Rusia – anunció ruptura del acuerdo nuclear de 1987- y China - su principal preocupación es evitar que China desarrolle su base industrial, tecnológica y militar-, ha cercado a Cuba y Venezuela, pero ha tratado de desnuclearizar la relación con Corea del Norte, se ha despachado contra los migrantes, ha acabado con instituciones claves para la salvaguarda del medio ambiente la ciencia y la salud, cuestión casi irreparable.  Internamente, la elección de un ultraconservador como Brett M. Kavanaugh en la Corte Suprema da el tono de cómo se han de resolver las disputas internas más importantes en torno a los derechos civiles.  

Le tocó en suerte al magnate un boom económico, coincidiendo con  una auge mundial que no ha logrado menguar la desigualdad y fragmentación social.  Diez  años después de la gran recesión de 2008,  la economía estadounidense ha vuelto a superar su nivel de equilibrio, está en pleno empleo y acumula ya 32 trimestres consecutivos de expansión, uno de los ciclos de crecimiento más largos de su historia. Pero también es  cierto que el crecimiento ha excedido las expectativas más por fuera - Europa, China y Japón- que dentro de Estados Unidos, sugiriendo que lo que lo impulsa este boom es un fenómeno global ya que  su crecimiento en 2018 está por  debajo del crecimiento mundial. Por ejemplo,  la inversión extranjera directa en lo que va de 2018 está por debajo de la de 2016.  El mérito de Trump radica en haber contribuido a recalentar la economía con resultados más perturbadores  que sostenibles. El magnate ha rebajado  los impuestos a las multinacionales, ha optado por estímulos fiscales poderosos , ha  renegociado los tratados de libre comercio como Nafta para exacerbarlo,  su postura proteccionista de los intereses corporativistas ha redundado en  una guerra comercial sin precedentes especialmente con China, ha contribuido a la desregulación financiera, le ha restado independencia a la FED, y la consecuente apreciación del dólar estadounidense desde las elecciones podría destruir casi 400.000 empleos manufactureros a medida que pase el tiempo y el alza en las tazas de interés ahuyentar a los capitales.  

El crecimiento de las principales economías desarrolladas por encima de su equilibrio es insostenible durante mucho tiempo. La gran duda que surge ahora es, ¿cuándo vendrá la próxima recesión? Después del auge la única dirección posible es el colapso, especialmente en una economía mundial desregulada, donde cada nuevo anuncio de Trump sacude a Wall Street y las bolsas mundiales.

Las contradicciones económicas subyacentes se tornan cada vez más inmanejables. – la deuda global se ha expandido monstruosamente desde el colapso de 2008- dejando a gran parte del mundo atrapado en interminables ciclos de austeridad que continúan aupando el estado de alienación. Y como también se ha predicho, esto conlleva a rupturas políticas aún en las economías imperiales más avanzadas dejando a la ciudadanía escoger entre opciones “fascistas” o “radicales socialdemócratas” – Trump y Sanders-  o entre derechas como en Francia - Le Pen y Macron-. En Alemania,  aunque Ángela Merkel logró ser reelegida “como lo usual hasta ahora”,  su situación ya resultó insostenible y anunció su retiro; en América  Latina ocurre otro tanto y las disyuntivas se presentan  entre –Bolsonaro  y Haddad-,   -Gustavo Petro y Iván Duque-  en Colombia.  La polarización política está a la orden del día y los votantes desinformados o informados por algoritmos o redes sociales que tocan las emociones más íntimas los seducen y  optan por soluciones inusuales y propuestas radicales ajenas al auténtico interés nacional: populismos ultraderechistas o del signo contrario. El fascismo y la ultraderecha están ya instalados en muchos países del mundo. La gente está creyendo en soluciones unipersonales, en salvadores providenciales. Hay que estar alerta.

Ante un panorama tan incierto, como dice Harari, la gente amenazada por fuerzas impersonales del capitalismo global y temiendo por el futuro  de los sistemas nacionales  de salud, educación y bienestar busca seguridad y sentido en el regazo de la nación. Sostengo que los países tienen el derecho de proteger sus propias estructuras sociales y culturales, a optar por regulaciones e instituciones propias y a  pensar en una mejor gobernabilidad mundial para solucionar los problemas globales como el cambio climático - lo cual no significa establecer un gobierno tecnocrático global- , en tanto propugnen por la defensa de valores humanos ahora amenazados como la igualdad, la libertad y la justicia. Pregunto, Colombia, un país rezagado en casi todos los  aspectos gracias  a los intereses mezquinos de sus élites  vinculadas a negocios foráneos, ¿debe entonces soñarse  como un país distinto de sí mismo, como Chile,  como Alemania?


lunes, 18 de septiembre de 2017

La paradoja de la globalización: ¿es factible y deseable la gobernanza global?


Aún cuando Dani Rodrik es profesor de Economía Política Internacional de la de la ortodoxa Escuela de Gobierno  John F. Kennedy  de la Universidad de Harvard, no le come cuento a la globalización como la  estamos padeciendo hoy. Este profesor hace parte de un nutrido y destacado grupo de economistas que al igual que el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, con un fuerte bagaje keynesiano, critican los excesos de la globalización neoliberal y buscan alternativas viables y deseables.

En su libro The Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economy, (La Paradoja de la Globalización, la Democracia y el Futuro de la Economía Mundial), Rodrik hace un recuento histórico de la globalización para centrase en la actual.

Ya el mundo vio desplomarse  la era del patrón oro en 1914 que no pudo restituirse posteriormente. Pero ¿estamos ad portas de una nuevo colapso de la globalización? pregunta. A fin de cuentas la globalización actual está débilmente sustentada institucionalmente. “No existe  una autoridad global antimonopolios, ni un prestamista de última instancia, ni un regulador global, ni un sistema de seguridad social global, y menos aún,  una democracia global”.

Como buen Keynesiano defiende justamente, creo yo, el régimen de Bretton Woods, bajo el cual los países industriales se recuperaron de la guerra y se volvieron prósperos y los países en desarrollo experimentaron niveles de crecimiento económico sin precedentes. La economía mundial floreció como nunca antes durante la Era de Oro del capitalismo.

En sus recorrido por los aspectos más relevantes del desarrollo del capitalismo actual, tales como: el dilema entre los mercados y el estado, el auge y la caída de la primera globalización, el caso del libre comercio, el sistema de Bretton Woods, la globalización financiera,  el fundamentalismo del libre comercio, etc., Dani Rodrik tiene una cuestión esencial en mente que repite a lo largo del libro pero que desarrolla más cuidadosamente al final: es la idea de que las democracias tienen el derecho de proteger sus normas y estructuras sociales y que cuando este derecho choca con las exigencias de la economía global, es esta última la que debe hacerse a un lado y no al contrario. Rodrik desenmascara una de las verdades de apuño de la economía global: la democracia nacional y una globalización profunda son incompatibles.  Esto lo ilustra con el ejemplo de Argentina.

En este país,  bajo Cavallo,  Menem y De la Rúa a la cabeza, la globalización se convirtió en el objetivo último de gobierno y sin embargo no pudieron evitar que la presión política interna interviniera  y les aguara la fiesta.

En febrero de 1991, el Ministro Cavallo,  nombrado por Carlos Menem para que se encargara de la política económica,  ató el peso al dólar en lo que se conoció como  la Ley de Convertibilidad, prohibió las restricciones a las transacciones financieras internacionales, aceleró las privatizaciones y la desregulación de la economía y la abrió por completo a los mercados internacionales.  Todo ello justificado por lo que se llamó un  exceso de intervencionismo del pasado, pues en su parecer, Argentina había cambiado las reglas de juego cada vez que se le venía en gana. Pensó que la globalización serviría  tanto de arnés como de  motor de crecimiento de la economía. Era el Consenso  de Washington llevado al extremo. 

En un principio las medidas de integración económica frenaron la inflación y los capitales fluyeron. La inversión, las exportaciones y los ingresos crecieron rápidamente. Pero al  finalizar la década,  desarrollos adversos en la economía mundial sirvieron de escenario para que los inversores cambiaran de parecer sobre Argentina y la pesadilla regresó al país vengativamente. La crisis financiera asiática, pero más aún la devaluación brasilera de principios de 1999, fueron los  detonantes de una nueva crisis. Cavallo que había dejado su puesto en 1996, regresa con Fernando De la Rúa en 2001. Adoptó una política de austeridad severa, con recortes fiscales en una economía donde uno de cada cinco trabajadores estaban desempleados.  Impuso recortes a los salarios y a las pensiones lo que provocó masivas protestas y generó pánico y todos acudieron temerosos a retirar sus depósitos a los bancos, temiendo una devaluación. El pánico causado y el descontento forzaron la renuncia de De la Rúa y de su ministro Domingo Cavallo.

¿Qué salió mal? La respuesta corta es que la política doméstica se le atravesó a la hiperglobalización. Los dolorosos ajustes luego de una profunda integración no se acomodaban a una ciudadanía descontenta y finalmente la política triunfó.

El trilema


¿Cómo manejar la tensión  entre la democracia doméstica y los mercados globales?

Dani Rodrik dice que hay tres opciones. Se puede restringir la democracia con el interés de minimizar los costos de transacción internacionales, haciendo caso omiso el traumatismo que la economía global a veces produce. Se puede limitar la globalización, con la esperanza de construir una legitimidad democrática doméstica. O se puede globalizar la democracia, en detrimento de la soberanía nacional. No se pueden tener las tres cosas a la vez: hiperglobalización, democracia y autodeterminación.

Si no se quiere sacrificar la democracia, se puede, no obstante,  optar por la “gobernanza global”. Es decir, optar por instituciones globales robustas pero reguladas. La más cruda forma de esta gobernanza global delega  directamente todos los poderes nacionales en tecnócratas internacionales, involucrando agencias regulatorias autónomas encargadas de resolver problemas de índole “técnica” que surgen de una toma de decisiones descoordinada de la economía global.  Una especie de federalismo global, o una forma menos ambiciosa que de todas maneras conllevaría restricciones a la soberanía nacional. Pero ¿es esto deseable y posible? De todas formas hay demasiada diversidad en el mundo para someterla a unas solas y uniformes reglas de juego.

El talón de Aquiles de la gobernanza global, argumenta Rodrik, es que carece de relaciones de accountability o rendición de cuentas claras. Bajo el estado nacional la rendición de cuentas de los gobernantes la hace el electorado que si no está satisfecho castiga al gobernante no volviéndolo a elegir. Un ejemplo muy utilizado es el de la Unión Europea que ilustra tanto los aciertos de las nuevas ideas sobre la gobernanza global como sus limitaciones.  Esta cuenta  con una Corte de Justicia y con un Banco Central y un sinnúmero de agencias especializadas pero se ha quedado corta en cuanto a  la creación de instituciones democráticas.  No hay una infraestructura política común.  También fue evidente,  luego de la crisis global de 2008,   que las respuestas fueron diversas y descoordinadas. Países más afectados como Latvia, Hungría y Grecia fueron obligados a recurrir al FMI y aceptar sus condiciones para poder acceder a créditos de los gobiernos más ricos de la UE.

En conclusión,  la gobernanza global enfrenta serias limitaciones: las identidades políticas y los apegos giran en torno los estados nacionales; las comunidades políticas se organizan domésticamente y no globalmente;  verdaderas normas globales han surgido en una muy reducida franja de temas y hay diferencias sustanciales alrededor del mundo en cuanto a cuáles son los arreglos normativos deseables.  

Si la gobernanza global en el futuro próximo no es ni deseable y factible, entonces ¿cuál es la solución?

Si sacrificamos la hiperglobalización, como lo hizo en su momento el sistema de Bretton Woods-GATT,  entonces todos los países pudieron bailar a su propio ritmo  en tanto removieron ciertas restricciones al comercio y en sus fronteras y fueron tratados todos de igual manera. Este sistema funcionó exitosamente hasta  que llegó la liberalización económica de los años ochenta.  No queda entonces otra opción que optar por una globalización ligera  y reinventar un sistema tipo Bretton Woods para nuestra era, bajo el entendido de que no se puede regresar a la mítica “Edad de Oro” del capitalismo con tarifas altas al comercio, controles de capital rampantes, un débil GATT, y tampoco lo quisiéramos, dice Rodrik.  

Una nueva globalización


Los mercados deben estar empotrados en sistemas de gobernabilidad, es decir, los mercados requieren instituciones sociales que los apoyen porque los mercados no se crean, regulan estabilizan o sostienen por sí mismos. Hay que volver al espíritu que creó el sistema de Bretton Woods que logró un buen balance que evitó empujar la globalización más allá de todo control, como ocurre ahora. Los estados nacionales todavía predominan y son la única jugada posible. Estos necesitan de un espacio de maniobra para poder establecer estándares nacionales y regulaciones, pues allí yace la verdadera gobernanza. La única oportunidad de fortalecer la infraestructura de la economía global yace en reforzar la capacidad de los gobiernos democráticos para proveer esos fundamentos.

La centralidad de los estados nacionales significa  que las reglas que deben ser formuladas deben tener puesto un ojo en la diversidad institucional. Lo que se necesita son normas de tráfico que permitan que los diferentes vehículos, de diferentes tamaños y formas puedan desplazarse a diferentes velocidades en lugar de imponer un solo modelo uniforme y una velocidad igual para todos.

Una vez que entendamos que el eje de la economía global debe construirse al nivel nacional, entonces se da pie para que los países construyan las instituciones que mejor les sirvan.  No hay un solo camino correcto que conduzca al desarrollo. Los países tienen el derecho de proteger sus propias estructuras sociales, regulaciones e instituciones.

Hay que modificar, por supuesto, el actual régimen comercial. Hay que lograr que el sistema abierto que tenemos hoy sea consistente con otras metas sociales. Hay que abrirle un margen de maniobra a las políticas domésticas en favor del medio ambiente, los trabajadores, los consumidores todo lo cual haría ganar en legitimidad al libre comercio. El sistema financiero global también debe ser regulado. Ello implica que se deben restringir los flujos de capital transfronterizos para proteger las regulaciones nacionales.  Un nuevo orden financiero global debe ser construido. Los problemas del comercio internacional y del sector financiero surgen por un exceso de globalización y su mal manejo.  Un régimen de migración internacional más flexible debe promoverse.  En fin todo ello solo puede surgir del estado-nación y de su intervención en los asuntos públicos.


En conclusión, su punto de vista no construye un camino hacia un mundo plano, un mundo sin fronteras. Lo que propone es permitir que una economía mundial sostenible florezca dejando campo para que las democracias determinen su propio futuro.

domingo, 23 de abril de 2017

China en perspectiva


China ha sorprendido al mundo por su extraordinario crecimiento económico  de 10% en promedio anual y por su exitosa modernización y ningún experto – chino o extranjero - duda de que continuará un camino de expansión en los próximos 30 años, hasta convertirse en un país súper rico y por qué no en una potencia hegemónica.  Se estima que la economía China duplicará a la de Estados Unidos en este lapso de tiempo y su ingreso per cápita también será al menos equivalente.

Este éxito económico sin precedentes lo ha obtenido: resistiendo la tendencia neoliberal de privatizar la infraestructura básica, evitando que la planificación económica y social sea controlada  por el sector financiero, promoviendo un sistema industrial mixto público/privado y logrando que las  inversiones inmobiliarias se destinen principalmente a la acumulación de capital y no ha ganancias financieras especulativas.

También parece haber consenso entre los expertos en que este país debe realizar su propio experimento político y de que el proceso de democratización con características chinas tampoco debe inclinarse a las demandas de Occidente.

Esta perspectiva se desarrolla  mientras gran parte del resto del mundo está sumido en el estancamiento por cuenta de los excesos de la globalización neoliberal. Tanto en Norteamérica como en la Eurozona, gran parte de las ganancias corporativas se van en el pago de toda suerte de deudas y no en nuevas inversiones de capital. En tanto China ha permanecido inmune a los avatares del sobreendeudamiento y ha logrado construir una de las más modernas infraestructuras del mundo y el más rápido crecimiento en los estándares de vida, mientras posee las reservas más grandes mundiales y se convierte en el principal prestamista de Estados Unidos.  

El reto para China es resistir la tendencia Occidental hacia globalización neoliberal.  La independencia frente a  las instituciones del  Consenso de Washington como el Banco Mundial,  el FMI y la OMC requieren, no obstante, de  la creación de unas instituciones alternativas que promuevan un sistema  financiero, comercial y diplomático  multipolar mundial, argumenta Michael Hudson.  Argumento que es desarrollado por varios académicos principalmente chinos en el libro China in the Next 30 Years, del cual también es autor. La obra plantea como el Consenso de Pekín, representa  un modelo alternativo de desarrollo, que a su vez contiene muchos “modelos chinos”. 

La era de 1945-2010 ha llegado a su límite y el mundo se está dividiendo en dos bloques: uno centrado en el dólar que padece el peso de la crisis de la deuda y otro centrado en China, sus vecinos asiáticos, Rusia, Brazil y Turquía,  al cual se unen productores de petróleo desde Irán a Venezuela.  El futuro dependerá de cómo el viejo orden se desintegra y el desarrollo de China dependerá no solo de sus políticas internas también de los eventos y la diplomacia en el resto del mundo. Estados Unidos no se encuentra más en la posición de dictar políticas o normas unilaterales que le beneficien exclusivamente.

Tanto China como el mundo occidental tienen el gran reto de subordinar la dinámica financiera actual para que sirva a la sociedad y no al contrario como ocurre en Occidente,  donde los sectores  financiero, de los seguros e inmobiliario han subordinado y desplazado al sector real de la economía de consumo y producción. China tiene que resistir este proceso de financiarización de su economía,  asegura Michael Hudson.

El reto político


Los retos que enfrenta China son económicos pero también políticos y vale la pena analizar un poco cómo el Partido Comunista Chino, PCC,  ha mantenido su legitimidad, en una buena medida, gracias a la capacidad que han demostrado tener sus líderes, de cambiar y adaptarse creativamente ante las diversas situaciones que han tenido que enfrentar desde el lanzamiento de la política de reforma y apertura económica en 1978, que pusieron un freno al impulso socialista, acabando  de un tajo con el sistema de comunas para volver a introducir el sistema de mercado. El gobierno chino ha logrado mantener su papel hegemónico en la dirección del país, dándole unidad, mientras que en otros países los partidos comunistas fueron expulsados del gobierno y los países se fragmentaron.

Deng Xiaoping utilizó muchas frases sencillas,  extraídas de los textos de los filósofos antiguos  chinos, con el fin de explicar los cambios de reforma política y apertura a la población.  Por ejemplo,  decía que “hay que cruzar el río tanteando las piedras”, para indicar que el camino sería un proceso abierto de aprendizaje por ensayo y error o “no importa que el gato sea gris o blanco, lo importante es que cace ratones”, para darle un toque pragmático a las reformas o “dejad que unos se hagan ricos primero”, para indicar que el camino  de acumulación capitalista y modernización tendría sus costos o “con características chinas” para hacer énfasis en que no estaban acogiendo los valores occidentales.

Pan Wei, Director del Centro Estudios Chinos y Globales de la Universidad de Pekín, asegura que sistema político chino tiene cuatro pilares:

1) Una democracia humanista que coloca al pueblo primero como razón fundamental de la existencia del gobierno, y,  contrario a la democracia occidental, que se caracteriza por la prevalencia de grupos de interés en constante conflicto. Varios académicos chinos argumentan que el PCC no representa a una sola clase o a unos intereses específicos, sino a todo el país.

2) El principio de la meritocracia que se practica en todos los niveles de gobierno para seleccionar a los funcionarios públicos.

3) El pilar de un grupo dirigente unificado, que controla los órganos centrales del poder del Estado. El PCC no se base en un poder parlamentario, ni representa intereses de un cierto grupo y considera que en China predominan los intereses sociales unificados y no de otra manera hubieran logrado unificar al pueblo chino en torno a la meta de la modernización. El poder visible del gobierno contrarresta el poder de la mano invisible del mercado.

4) El pilar de restringir el poder mediante la división del trabajo. En lugar de la separación de los poderes públicos y de un sistema de frenos y contrapesos característicos de Occidente, China utiliza la división del trabajo para restringir el poder y prevenir y corregir los errores del gobierno. 

Pero, ¿cuál es la relación entre democracia y modernización en una sociedad como la china?  Muchos creen que el gran avance económico se ha logrado a costa de sacrificar la democracia.   

El camarada Mao Zedong decía que la política siempre estaba al mando de la economía y Deng Xiaoping también entendió que sin la reforma política las reformas económicas de apertura no se consolidarían.  Por ello propuso emancipar la mente mediante la construcción de  un gobierno orientado hacia la gente, con reformas tales como el cambio de un partido político revolucionario a un partido de gobierno, la separación de las funciones de partido de las funciones de gobierno y la subordinación de las funciones del partido a un sistema legal.  

Una sociedad civil independiente empieza a surgir y a tomar parte del proceso de decisiones. Un estado de derecho empieza a prevalecer, y el gobierno ha establecido elecciones directas para participar en la designación de los funcionarios que van a dirigir la autogestión  en las aldeas y para que los cantones, condados y distritos urbanos puedan elegir sus representantes ante los congresos populares locales y comisiones locales de los Comités Permanentes de los Congresos Populares Provinciales, CPCPP.

Los Derechos Humanos son protegidos por la Constitución. El PCC aboga por cuatro tipos de democracia: elecciones democráticas, decisiones democráticas, gerencia democrática y supervisión democrática. Aboga también por una democracia deliberativa donde hay consultas multipartidistas y cooperación lideradas por el PCC.  Ideológicamente, conviven la ideología marxista con otras ideologías e incluido el confucianismo.  Los militares permanecen bajo control civil.

Si bien China no es una democracia abierta al estilo occidental, muchas de las reformas económicas más exitosas han salido de la experiencia local  y no de Pekín. La reforma económica se ensayó primero en las provincias costeras y luego se fue replicando en el resto del país.

Los diputados de la Asamblea Nacional Popular, ANP,  pueden, al mismo tiempo tener cargos en el gobierno y en el poder ejecutivo: no hay división de poderes al estilo occidental.   La  Conferencia Consultiva Política del Pueblo Chino, CCPPC,  es la institución por excelencia donde se realiza la cooperación multipartidista y la consulta política en China. Con la revolución cultural fue cerrada pero en 1978 con la apertura fue reabierta. El CCPPC se reúne una vez al año para votar y presentar proyectos a la ANP para que sean estudiados en las reuniones del Comité Permanente durante el año en curso.

China ha aprendido de los modelos de otras naciones en su proceso de apertura y ha mantenido la habilidad de aprender haciendo y de ir adaptándose constantemente. La competencia y el debate son, según muchos académicos, lo que mejor caracteriza el desarrollo político chino. La forma en que las legislaturas locales han venido ejerciendo sus derechos constitucionales para ir cambiando las prácticas que todavía existen de control por parte del PCC, constituyen  verdaderos laboratorios de ejercicio político. Las ONGs, los medios de comunicación y los cuerpos legislativos vienen logrando una mayor incidencia en la supervisión y la  determinación  de las agendas gubernamentales y las leyes.

La cualidad del gobierno chino  de escuchar las opiniones de otros, es lo que ha permitido, en una buena medida, que el PCC se mantenga en el poder.  Los líderes máximos no son elegidos popularmente – el Presidente y el Primer Ministro son elegidos por una votación interna del PCC – de acuerdo con  méritos y trayectorias comprobados y la deliberación tiene lugar bajo un partido que domina, y el Estado juega un rol significativo en el desarrollo de las instituciones deliberativas. No obstante, la deliberación en cuanto a argumentos y razones es tomada  en cuenta en las decisiones para resolver los problemas colectivos. La polarización se evita porque la armonía social y el logro de consensos constituyen  un objetivo de la sociedad en su conjunto.

China se ha proyectado como un poder blando en el mundo. China quiere un ambiente externo pacífico para poder concentrase en su desarrollo interno, no obstante se opondrá a cual quier país o grupo de países que se opongan a su emergencia. China no permite, por ejemplo, las actividades de ONG que tengan, directa o veladamente, una agenda política encaminada a producir un cambio de régimen en China. Este país quiere trabajar dentro del marco del sistema internacional pero aspira que las mismas reglas se apliquen tanto a ella como a los demás países.  China es una potencia en ascenso. Muchos países se han beneficiado de ello, pero sigue siendo un país en desarrollo y ello lo dice su relativamente bajo ingreso per cápita.

Al lado del colosal crecimiento económico, China también padece una serie de problemas y dislocaciones sociales tales como el deterioro ambiental, la aparición de relaciones clientelistas entre empresas y gobierno –abriendo la puerta a la corrupción- creciente disparidad del ingreso, la utilización de tierras arables para el proceso urbanizador y de construcción de infraestructura, el despojo de tierras para proyectos inmobiliarios y de desarrollo etc., todo lo cual ha obligado al PCC ha tomar medidas para reforzar el soporte institucional, moral y cultural del desarrollo, que ha de servir de soporte al sistema de mercado. No obstante, ante la presente crisis de ingobernabilidad  que caracteriza a las democracias  hoy día, es recomendable prestar atención a la actitud del gobierno chino de aprender tanto de las culturas y sistemas políticos extranjeros como de sus propios errores, a fin de cuentas la evidencia y los hechos son el criterio último de la verdad.