Historias de la realidad o la realidad de las historias

martes, 7 de abril de 2020

Reflexiones sobre la pandemia del coronavirus y la globalización




Elizabeth Beaufort

Quiero compartirles algunas reflexiones sobre la enorme crisis mundial suscitada por la pandemia del coronavirus, cuya magnitud ha sido descrita y reconocida por mandatarios de diversos países, líderes políticos de distinto signo ideológico y filósofos, como global y sin precedentes, advirtiendo que el mundo nunca volverá a ser igual. Llama la atención el pronunciamiento del ex secretario de Estado norteamericano Henry Kissinger en  The Wall Street Journal difundido por Infobae donde advierte: “Los Estados Unidos deben proteger a sus ciudadanos y, con urgencia, trabajar en la planificación de una nueva época” y agregó “El desafío para los líderes es manejar la crisis mientras se construye el futuro. El fracaso podría incendiar el mundo”, aboga por la defensa de los valores de la Ilustración y por la salvaguarda de los principios del orden mundial liberal. El debate sobre si habrá o no un cambio sustancial en el orden mundial y en el modelo económico imperante está abierto.

El neoliberalismo como trasfondo de la crisis

 

La crisis del coronavirus con sus enormes costos humanos y económicos está directamente relacionada con la gran irresponsabilidad de 40 años de neoliberalismo, que ha dejado incluso a los países desarrollados inermes y sin los recursos necesarios para afrontar un evento  que fue advertido por los expertos con mucha anterioridad, como lo señala Ed Yong en su artículo del Atlantic How the Pandemic will End” .

Adicionalmente, estamos ad portas de una gran crisis financiera -también económica, política y social- que se anunció mucho antes de la crisis del coronavirus, con consecuencias incalculables para el futuro de la humanidad. Estamos ante una “tormenta perfecta” como asegura el profesor emérito canadiense Manfred Bienefeld en un E-mail que me envió con algunas apreciaciones sobre la situación. La preocupación hoy no es si habrá recesión mundial o no, pues ya fue declarada oficialmente por el FMI, sino cómo evitar el colapso total.

La crisis se ha evidenciado con mayor rigor en las economías avanzadas y el impacto sobre las economías emergentes y en desarrollo apenas comienza a revelarse. Hay buenas razones para creer que en estos países la pandemia será mucho más perjudicial. Cuando la gente vive al día, sin mecanismos adecuados de protección social, la pérdida de ingresos puede convertirse en hambre, además de que sus sistemas de salud son aún más débiles que las de los países desarrollados. Los más avanzados tienen además su crecimiento supeditado a las exportaciones, que se hundirán a la par de la contracción de la economía global. Naturalmente, los flujos globales de inversión también se están derrumbando, lo mismo que los precios de los productos primarios, lo que permite prever un futuro complicado para los países exportadores de recursos naturales.

Las pandemias son una amenaza  real y hay que estar preparados


Una primera lección aprendida es que las epidemias son una amenaza real y estar preparados es una necesidad prioritaria para el futuro de la humanidad. La estabilidad, eficiencia, capacidad y costes de los sistemas actuales de atención de salud serán un asunto prominente.  No obstante, podemos superar la covid-19 y estar preparados y aún así podría sobrevenir otra pandemia  aún más infecciosa y letal y no poder contenerla a pesar de los preparativos.

La covid-19 ya no la podemos contener y ahora dependemos de que el aislamiento social y el confinamiento funcionen sin saber con certeza cuanto durará la pandemia pues el coronavirus  ha tenido diversos “ritmos” y “tiempos” de propagación y el propósito de “aplanar la curva” no se logrará al mismo tiempo en todas las latitudes. Una vez contengamos el contagio exponencial dependeremos  de que podamos hacer tests, aislamientos -generales y focalizados-, más tests y más seguimiento. Desafortunadamente, es claro a hoy  que el tsunami será enorme y muy costoso con consecuencias incalculables para el futuro.  

“La pandemia de covid19 es un problema global que demanda una solución global”, dice Joseph Stiglitz y advierte “Esperemos que la comunidad internacional decida finalmente hacer frente a la realidad”. Aunque la cooperación es del interés de todos, la intensificación del nacionalismo, un liderazgo político debilitado, la creciente tensión entre las dos más grandes economías -China y Estados Unidos- hacen que una acción internacional efectiva se vea bastante difícil.  La erosión de la Unión Europea, la organización internacional con mayor estabilidad de los últimos tiempos, no es sino reflejo de la crisis de este tipo de instituciones, acentuado por el coronavirus. Habrá un gran debate en los próximos meses sobre cuál será la tabla de salvación, si la cooperación o el aislamiento.

Es un hecho que China, Rusia y Cuba están en la vanguardia de la solidaridad internacional en torno al coronavirus. China ya envió a 89 países los materiales más necesarios para enfrentar al coronavirus y Cuba ha enviado a sus médicos a salvar vidas, es decir, los países menos ortodoxos son los que están superando mejor la crisis y los que mayor solidaridad internacional han ofrecido.  Hay que reconocer  -y admirar- las increíbles maneras como han resuelto la crisis China, Sur Corea, Taiwan  y la población italiana de Vo en contraste con los titubeos y malos manejos de Trump, reflejados en un conteo de contagios y muertes alarmante.  


Superar el neoliberalismo para poder vencer las pandemias

La segunda lección, según Manfred Bienefeld, es que al menos  que modifiquemos sustancialmente el sistema económico dominante, es decir, la ortodoxia neoliberal, orientada hacia las ganancias especulativas y el interés privado, la primera lección será erosionada, como ha ocurrido siempre en el pasado, es decir, será imposible afrontar las epidemias.

Ahora todos somos keynesianos, las políticas económicas que se están ensayando las había enterrado la globalización neoliberal.  En el corto plazo, los países más afectados por la pandemia se convertirán en economías de crisis: los gobiernos están proyectando enormes niveles de gasto y tomando otras medidas no convencionales para evitar un colapso total. Queda por verse la efectividad de tales medidas, pero es evidente que la relación entre la economía y el Estado sufrirán un cambio.

El profesor de economía política de Harvard, Dani Rodrik, no alienta muchas esperanzas de cambio:

“En resumen, el COVID-19 tal vez no altere –y mucho menos revierta- las tendencias evidentes antes de la crisis. El neoliberalismo seguirá su muerte lenta. Los autócratas populistas se volverán aún más autoritarios. La hiperglobalización continuará a la defensiva mientras los estados-nación reclaman espacio para implementar políticas. China y Estados Unidos se mantendrán en su curso de colisión. Y la batalla dentro de los estados-nación entre oligarcas, populistas autoritarios e internacionalistas liberales se intensificará, mientras la izquierda lucha por diseñar un programa que apele a una mayoría de votantes”.  

Para Manfred Bienefeld, tampoco es claro que el escenario internacional se modifique sustancialmente y advierte que es posible que la pandemia profundice la polarización ideológica en los Estados Unidos, bajo un “estado de seguridad” listo a acusar a otros por el desastre y dispuestos a utilizar su poderío militar para promover “El nuevo siglo estadounidense”. Tengan en cuenta los recientes eventos en Irak, Libia, Siria, Afganistán, Palestina/Gaza  y las sanciones económicas a Venezuela e Irak en medio de la pandemia.   Antonio Caballero advierte en la edición de Semana de abril 5, que “Con pandemia o sin pandemia la política exterior de Estados Unidos sigue siendo la misma: intervenciones y guerras”.  Adicionalmente, también se corre el riesgo de que el miedo y el hambre alimenten movimientos populistas y nacionalistas y que, como pasó después de la Gran Depresión de 1929, desemboquen en Estados fascistas. Es decir, todo podrá empeorar antes de comenzar a mejorar.

Tenemos una responsabilidad frente a la evolución: nuestros actos tienen un impacto decisivo en  la clase de futuro que evolucionará en este planeta

A pesar de lo dicho anteriormente, la crisis actual podría llegar a ser  una oportunidad de reordenar las prioridades de nuestra sociedad y de crear un modelo económico alternativo,  uno que no se base en la maximización de las ganancias corporativas  para distribuir los recursos económicos y sociales de la sociedad. Obviamente, una cosa es plantearlo, y otra es hacerlo. Bienefeld advierte que si la tarea en tiempos normales es monumental,  en tiempos de profunda crisis, cuando la gente está desorientada y agobiada por la pandemia, cuando la situación económica de todos los actores es incierta y vulnerable, cuando las deudas  se acumulan monumentalmente y los especuladores están aún más al acecho, es  todavía más difícil.

No obstante, los límites de lo que es políticamente  posible cambia con circunstancias cambiantes, como se ha demostrado históricamente: grandes cambios en el pensamiento humano se han dado luego de prolongadas crisis, cuando unos pocos o a veces muchos, en medio de la entropía que engulle a la sociedad,  anhela claridad y orden. Y es cuando un nuevo conjunto de ideas surge para liderar el caos, perdurando por algún tiempo, pues ninguna ideología es impune a la explotación y a tornarse  rígida y contraproducente.

Muchas visiones  han florecido tras profundas crisis como lo documenta Mihaly Csikszentmihalyi en su libro El Yo Evolutivo: una psicología para un mundo globalizado. El confucianismo nació y se difundió cuando la sociedad china estaba fragmentada para  luego convertirse en el principio rector de la vida pública;  el islamismo surge en Arabia como respuesta al caos espiritual y el Corán de Mahoma se convirtió en el conjunto de normas que ordenaba la vida; la respuesta jesuita a  la crisis del catolicismo en el siglo XVI; la ética protestante que en su momento se convirtió en la base del espíritu emprendedor capitalista; el socialismo y luego el comunismo, al menos en sus  inicios, también descubrieron una manera de ver y de transformar el capitalismo, cuando de una emocionante aventura se convirtió en “jaula de hierro”. Csikszentmihalyi concluye su obra diciendo : 

“Y aunque  nada fuese a cambiar en el transcurso de nuestra vida, aunque cada vez fuesen más las señales que anunciasen una nueva era oscura, aunque el caos y la apatía aumentasen, quienes apuesten por el futuro no quedarán decepcionados. (…) Ignorar esta responsabilidad nos deja a merced del azar indiferente o, lo que es incluso peor, de los parásitos explotadores de diverso pelaje”.


lunes, 25 de noviembre de 2019

El mito populista como respuesta a la crisis del orden neoliberal global


Tanto los populismos sudamericanos de izquierda como el estadounidense y los europeos de derecha encontraron su agosto en momentos de gran descontento social por cuenta de la crisis de la globalización neoliberal y de la pérdida de credibilidad de los partidos políticos tradicionales y de las ideologías liberal y marxista.

En efecto, los gobiernos latinoamericanos de Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Evo Morales, Rafael Correa y Fernando Lugo del llamado “giro a la izquierda” u “ola rosa de América Latina” coinciden con crisis económicas, sociales y políticas asociadas al agotamiento del modelo neoliberal que se impuso en los noventa y accedieron al poder por vía electoral y no por vía revolucionaria como lo proponía la izquierda en décadas anteriores. [1] 

Por su parte, el populismo de derecha se puso de moda precisamente en los años que siguieron a la crisis financiera global de 2008 y 2009.  Es en la última década que hemos presenciado el resurgir de populismos marcadamente xenófobos, antiliberales y anticosmopolitas en una gran cantidad de países europeos y en los Estados Unidos que no se pueden asimilar al fascismo clásico del siglo XX. [2]

 Si bien los shocks externos generan un desencanto con las formas existentes de representación política y traen consigo nuevos liderazgos externos o outsider, no explican a cabalidad la efectividad política y resiliencia de estos gobiernos, ni el signo final de las transformaciones.

 El populismo funciona, dice María Esperanza Casullo, quien dedica su libro titulado ¿Por qué funciona el populismo? El discurso que sabe construir explicaciones convincentes de un mundo en crisis, no a defender o justificar el populismo de un signo u otro sino a explicar su eficacia la cual yace en el discurso persuasivo que se emplea.

Para Casullo, “la obsesión por identificar al populismo como de izquierda o de derecha exclusivamente según el menú de políticas públicas es un esfuerzo que, aunque repetido al infinito, termina necesariamente en frustración conceptual y empírica”. Por ello aborda el populismo como un fenómeno propiamente político, no sociológico, ni económico.  Ella analiza el populismo como discurso mítico para explicar por qué los líderes y partidos populistas no solo ganan las elecciones – muchas veces contra todos los pronósticos- sino por qué una vez en el poder se mantienen por más tiempo.

Los líderes populistas cuentan historias (como son los mitos) simplemente porque la narrativa funciona.

“Un mito populista debe lograr tres objetivos básicos: explicar quien forma parte del pueblo, del nosotros; explicar quien es el villano que le ha hecho un daño a ese nosotros, y justificar por qué ese pueblo necesita de ese líder para reparar el daño sufrido, encarar la lucha épica y lograra finalmente su redención histórica”.

Es condición del populismo la presencia de un líder personalista y carismático cuya autoridad existe en tanto sus seguidores estén convencidos de que ésta existe; de ahí que “el líder debe crear y recrear la legitimidad de su propia autoridad mediante la apelación discursiva directa y constante a sus seguidores”. Los lideres populistas hablan de sí mismos, de su historia personal y deben ser por naturaleza contadores de historias. En sus discursos siempre se presentan como outsiders, es decir, como alguien que viene “de afuera”, incontaminado por los vicios de la “partidocracia” o el establishment y que se ha visto casi forzado a entrar en la política debido a la indignación moral que el sufrimiento del pueblo y la traición de la élite le generan, impulsados por un deseo de servir al pueblo.  A diferencia tanto del liberalismo como del marxismo, el populismo no plantea un horizonte futuro de superación de la división posible entre pueblo y élite, es decir que el mito populista no es emancipador sino redentor.

En el caso del populismo de izquierda el antagonismo está dirigido hacia arriba, es decir, hacia una élite económica-social.  En contraposición, en el populismo de derecha de, por ejemplo Donald Trump y Marine Le Pen, el antagonismo está dirigido hacia abajo: hacia inmigrantes, minorías étnicas y mujeres principalmente. Se trata de una estrategia racional a fin de contar siempre con un público leal.  En el discurso populista la referencia a la emoción es abierta y constante.

Cada evento populista a lo largo de la historia adquiere un contenido propio y particular y los hay de todos los pelambres: el militar patriota lo representaron en el siglo XX Getulio Vargas, Juan Domingo Perón, Omar Torrijos, José Velasco Alvarado. El dirigente social ejemplificado por Lula da Silva, Evo Morales, Fernando Lugo, Rafael Correa que entraron a la política desde afuera. El empresario exitoso tipo Silvio Berlusconi y Donald Trump pero también en parte por Mauricio Macri en Argentina.  

Que el mito populista en América Latina y la apuesta por su radicalización hayan sido efectivos se debe a tres razones, según Casullo: primero, la alta heterogeneidad de las sociedades latinoamericanas vuelve casi imposible la conformación de partidos basados en un único principio identitario como la clase o la etnia. La segunda, la mayoría de estos gobiernos llegaron al poder en un contexto de crisis y de implosión de los sistemas partidistas y tercero, todos afrontaron grandes dificultades en un principio de manera que apelaron “directamente a la sociedad para generar un principio de lealtad”.

Con el tiempo, la mayor debilidad de este modelo de construcción política fue la imposibilidad de resolver la sucesión presidencial de una manera satisfactoria, sostiene la autora. Es imposible institucionalizar la transmisión del carisma para el sucesor del líder original. Hugo Chávez pudo imponer a Maduro pero éste no cuenta con la autoridad carismática del primero y se torna abiertamente autoritario. Evo Morales decidió forzar su propia permanencia infructuosamente. En segundo lugar, los populismos también pierden las elecciones, es difícil que se mantengan por más de diez años.  En América Latina el fin de los populismos tuvo que ver con que la mejoría social estuvo muy ligada al boom de los commodities y quienes salieron de la pobreza empezaron a rechazar el discurso antagonista que llevó al poder a estos movimientos.

Los partidos populistas de derecha de hoy buscan “dividir la sociedad entre un “nosotros” y un “ellos” en tres temas clave: la inmigración y lo foráneo; la tecnocracia multinacional encarnada en la Unión Europea, y los cambios en el modelo de familia patriarcal. Estas tres áreas resultan determinantes para la generación de una identidad propia. Sin embargo, y a diferencia de los populismos de izquierda, no tienen objeciones hacia el sistema capitalista per se, aunque sí sobre los efectos de la globalización sobre el “pueblo auténtico”. “Aunque los populismos de derecha pueden movilizarse en contra del neoliberalismo y a favor del estado bienestar, siempre sostienen que los beneficios estatales solo deben alcanzar a algunas personas, en general, a la población blanca rural y envejecida, y que deben eliminarse para otros, considerados moralmente inferiores”. Mientras los populismos de izquierda miran hacia el futuro los de derecha  tienden a ser nostálgicos y miran hacia un pasado idealizado.

El mito es inherente a cualquier proyecto político, el mito populista es sólo una historia entre muchas, es imposible expurgar los mitos de la política y solo hablar de cifras, de ideas puras.  La autora invita entonces no a eliminar los mitos sino a comprenderlos, a hacerlos explícitos, a discutirlos.

Por mi parte, creo que hay que profundizar y cuestionar permanente y sistemáticamente los discursos políticos, su contexto social y económico, invitar a “no comer cuento” para poder construir cada vez mejores alternativas políticas, más acordes con los tiempos y las realidades de cada sociedad.  









[1] Sin que ello signifique que no haya habido populismos de derecha como el de Álvaro Uribe Vélez en Colombia y Jair Bolsonaro en Brasil.  
Según Enzo Traverso en su libro Las nuevas caras de la derecha: tal vez podríamos decir que Trump está tan lejos del fascismo clásico como Occupy Wall Street, los Indignados y Nuit Debout lo están del comunismo del siglo pasado.
El fascimo “proponía un proyecto de sociedad, una civilización, una “tercera vía” opuesta simultáneamente al comunismo y al liberalismo. Trump no propone ningún modelo alternativo de sociedad.  Su programa se reduce a la consigna “make America Great Again”. No quiere cambiar el modelo económico y social estadounidense, por la sencilla razón de que este le asegura enormes beneficios”.


miércoles, 7 de noviembre de 2018

Realidades en mundo globalizado: Donald Trump en el contexto de la Globalización

Realidades en mundo globalizado: Donald Trump en el contexto de la Globalización: Bernie Sanders al ser reelegido por tercera vez como senador por Vermont en las pasadas elecciones de mid term dijo que Donald Trum...

Donald Trump en el contexto de la Globalización



Bernie Sanders al ser reelegido por tercera vez como senador por Vermont en las pasadas elecciones de mid term dijo que Donald Trump era un mentiroso patológico y que nunca antes en su vida le había tocado ver a  un presidente de Estados Unidos que en lugar de  tratar de unificar  al país esté intentando “dividirnos con base en el color de nuestra piel, el lugar de donde venimos, la religión,  el  genero y nuestra identidad sexual”. Al tomar control de la Cámara de Representantes el partido Demócrata tiene posibilidades de frenar en parte la desafiante agenda de Trump e incluso de investigar algunas de sus más cuestionables actuaciones. Pero ¿por qué la potencia más poderosa del mundo termina eligiendo como  presidente a semejante personaje?

La elección de  Donald Trump como presidente de Estados Unidos y el Brexit  en 2016 fueron  hechos inesperados que no resultan tan sorprendentes si los entendemos en contexto. Tanto Trump como el Brexit son  respuestas  a la globalización rampante que ha sido impuesta en el mundo por los grandes poderes económicos, financieros y políticos  a un costo muy  alto para la humanidad, pero que no garantizan una salida a la crisis contemporánea, son caminos escogidos en un proceso largo e incierto.   Los excesos del capitalismo de libre mercado han traído consigo un gran desarrollo tecnológico y un acortamiento de distancias pero también una gran desigualdad al interior de cada nación y entre países. 

La destorcida de la globalización neoliberal aparece igualmente problemática. El descontento de amplios  sectores de la población, de  trabajadores y desempleados, de sectores medios se hace sentir de formas nunca antes vistas. En la medida en que los gobiernos nacionales pierden la confianza de sus electores por su incapacidad para proveerles con una mínima seguridad social, política y económica, la gente cada vez más se aferra  identidades étnicas y religiosas, principalmente, como a una tabla de salvación lo cual es una ficción ya que todos  en el fondo somos mulatos o mestizos, una realidad que nos negamos a aceptar, en tanto que la religión  es un campo minado de percepciones y demandas no negociables. 

Dice Manfred Bienefeld, profesor emérito de la Universidad de Carleton en Ottawa, que como están las cosas hoy día parecería que Hitler hubiese ganado la guerra, ya que las grandes potencias continúan impulsando y utilizando las diferencias étnicas para erosionar a los estados “inconvenientes” como lo hicieran en el pasado –URSS, Yugoslavia, Georgia, Ucrania- y en sus propios países ahondar los conflictos separatistas o hacer eco de los pedidos de sectores aborígenes  que reclaman una nacionalidad basada en la etnia. A  éstos fenómenos se suman posturas políticas ultraconservadoras contra los migrantes, los valores liberales tradicionales y los Derechos Humanos. Yuval Noah Harari sostiene que “desde la crisis financiera global de 2008, personas de todo el mundo se sienten cada vez más decepcionadas del relato liberal”. Ante la decepción del paradigma liberal, debido esencialmente al no poder identificarse con gobiernos que satisfagan sus más íntimas necesidades amplios sectores sociales se apegan  a sus privilegios raciales, nacionales o de género. 

Donald  Trump surge con un relato nuevo luego de un período de estancamiento económico en la Administración de Obama; tiene una agenda nostálgica para hacer que “América sea grande de nuevo”, regresando a un pasado supuestamente glorioso que contrarreste el evidente declive de la superpotencia donde su hegemonía está siendo cuestionada principalmente por China. Durante la Administración  Reagan el poderío de Estados Unidos adquirió un punto culminante con una frenética expansión del gasto militar haciendo crisis en 2003 cuando ocupó a Irak, cuestión que causó gran daño al status internacional norteamericano.  Una asediada Estados Unidos  busca desesperadamente  mantener su status hegemónico a pesar de los crecientes problemas sociales, políticos y económicos internos  en tanto que pierde  influencia externa.  No se puede uno imaginar un escenario más peligroso para la paz mundial, especialmente porque de nuevo Estados Unidos se ha enfocado en una estrategia belicista y en el incremento del gasto militar, empujando a China y a Rusia en la misma dirección.  Los aliados naturales de Trump, argumenta James Petras, son personajes sanguinarios como el “Príncipe de la Muerte” de Arabia Saudí, Mohamed bin Salman, el presidente electo de Brasil, ultra neoliberal fascista, Jair Bolsonaro, se postra ante Israel principal mentor y jefe de operaciones en Oriente Próximo, además de un aliado militar estratégico.

La  estrategia política internacional de Donald Trump  ha propugnado por el aislacionismo, despreciando los mecanismos e instituciones multilaterales, ha exacerbado  relaciones con muchos países incluida Rusia – anunció ruptura del acuerdo nuclear de 1987- y China - su principal preocupación es evitar que China desarrolle su base industrial, tecnológica y militar-, ha cercado a Cuba y Venezuela, pero ha tratado de desnuclearizar la relación con Corea del Norte, se ha despachado contra los migrantes, ha acabado con instituciones claves para la salvaguarda del medio ambiente la ciencia y la salud, cuestión casi irreparable.  Internamente, la elección de un ultraconservador como Brett M. Kavanaugh en la Corte Suprema da el tono de cómo se han de resolver las disputas internas más importantes en torno a los derechos civiles.  

Le tocó en suerte al magnate un boom económico, coincidiendo con  una auge mundial que no ha logrado menguar la desigualdad y fragmentación social.  Diez  años después de la gran recesión de 2008,  la economía estadounidense ha vuelto a superar su nivel de equilibrio, está en pleno empleo y acumula ya 32 trimestres consecutivos de expansión, uno de los ciclos de crecimiento más largos de su historia. Pero también es  cierto que el crecimiento ha excedido las expectativas más por fuera - Europa, China y Japón- que dentro de Estados Unidos, sugiriendo que lo que lo impulsa este boom es un fenómeno global ya que  su crecimiento en 2018 está por  debajo del crecimiento mundial. Por ejemplo,  la inversión extranjera directa en lo que va de 2018 está por debajo de la de 2016.  El mérito de Trump radica en haber contribuido a recalentar la economía con resultados más perturbadores  que sostenibles. El magnate ha rebajado  los impuestos a las multinacionales, ha optado por estímulos fiscales poderosos , ha  renegociado los tratados de libre comercio como Nafta para exacerbarlo,  su postura proteccionista de los intereses corporativistas ha redundado en  una guerra comercial sin precedentes especialmente con China, ha contribuido a la desregulación financiera, le ha restado independencia a la FED, y la consecuente apreciación del dólar estadounidense desde las elecciones podría destruir casi 400.000 empleos manufactureros a medida que pase el tiempo y el alza en las tazas de interés ahuyentar a los capitales.  

El crecimiento de las principales economías desarrolladas por encima de su equilibrio es insostenible durante mucho tiempo. La gran duda que surge ahora es, ¿cuándo vendrá la próxima recesión? Después del auge la única dirección posible es el colapso, especialmente en una economía mundial desregulada, donde cada nuevo anuncio de Trump sacude a Wall Street y las bolsas mundiales.

Las contradicciones económicas subyacentes se tornan cada vez más inmanejables. – la deuda global se ha expandido monstruosamente desde el colapso de 2008- dejando a gran parte del mundo atrapado en interminables ciclos de austeridad que continúan aupando el estado de alienación. Y como también se ha predicho, esto conlleva a rupturas políticas aún en las economías imperiales más avanzadas dejando a la ciudadanía escoger entre opciones “fascistas” o “radicales socialdemócratas” – Trump y Sanders-  o entre derechas como en Francia - Le Pen y Macron-. En Alemania,  aunque Ángela Merkel logró ser reelegida “como lo usual hasta ahora”,  su situación ya resultó insostenible y anunció su retiro; en América  Latina ocurre otro tanto y las disyuntivas se presentan  entre –Bolsonaro  y Haddad-,   -Gustavo Petro y Iván Duque-  en Colombia.  La polarización política está a la orden del día y los votantes desinformados o informados por algoritmos o redes sociales que tocan las emociones más íntimas los seducen y  optan por soluciones inusuales y propuestas radicales ajenas al auténtico interés nacional: populismos ultraderechistas o del signo contrario. El fascismo y la ultraderecha están ya instalados en muchos países del mundo. La gente está creyendo en soluciones unipersonales, en salvadores providenciales. Hay que estar alerta.

Ante un panorama tan incierto, como dice Harari, la gente amenazada por fuerzas impersonales del capitalismo global y temiendo por el futuro  de los sistemas nacionales  de salud, educación y bienestar busca seguridad y sentido en el regazo de la nación. Sostengo que los países tienen el derecho de proteger sus propias estructuras sociales y culturales, a optar por regulaciones e instituciones propias y a  pensar en una mejor gobernabilidad mundial para solucionar los problemas globales como el cambio climático - lo cual no significa establecer un gobierno tecnocrático global- , en tanto propugnen por la defensa de valores humanos ahora amenazados como la igualdad, la libertad y la justicia. Pregunto, Colombia, un país rezagado en casi todos los  aspectos gracias  a los intereses mezquinos de sus élites  vinculadas a negocios foráneos, ¿debe entonces soñarse  como un país distinto de sí mismo, como Chile,  como Alemania?


lunes, 18 de septiembre de 2017

La paradoja de la globalización: ¿es factible y deseable la gobernanza global?


Aún cuando Dani Rodrik es profesor de Economía Política Internacional de la de la ortodoxa Escuela de Gobierno  John F. Kennedy  de la Universidad de Harvard, no le come cuento a la globalización como la  estamos padeciendo hoy. Este profesor hace parte de un nutrido y destacado grupo de economistas que al igual que el Premio Nobel de Economía, Joseph Stiglitz, con un fuerte bagaje keynesiano, critican los excesos de la globalización neoliberal y buscan alternativas viables y deseables.

En su libro The Globalization Paradox: Democracy and the Future of the World Economy, (La Paradoja de la Globalización, la Democracia y el Futuro de la Economía Mundial), Rodrik hace un recuento histórico de la globalización para centrase en la actual.

Ya el mundo vio desplomarse  la era del patrón oro en 1914 que no pudo restituirse posteriormente. Pero ¿estamos ad portas de una nuevo colapso de la globalización? pregunta. A fin de cuentas la globalización actual está débilmente sustentada institucionalmente. “No existe  una autoridad global antimonopolios, ni un prestamista de última instancia, ni un regulador global, ni un sistema de seguridad social global, y menos aún,  una democracia global”.

Como buen Keynesiano defiende justamente, creo yo, el régimen de Bretton Woods, bajo el cual los países industriales se recuperaron de la guerra y se volvieron prósperos y los países en desarrollo experimentaron niveles de crecimiento económico sin precedentes. La economía mundial floreció como nunca antes durante la Era de Oro del capitalismo.

En sus recorrido por los aspectos más relevantes del desarrollo del capitalismo actual, tales como: el dilema entre los mercados y el estado, el auge y la caída de la primera globalización, el caso del libre comercio, el sistema de Bretton Woods, la globalización financiera,  el fundamentalismo del libre comercio, etc., Dani Rodrik tiene una cuestión esencial en mente que repite a lo largo del libro pero que desarrolla más cuidadosamente al final: es la idea de que las democracias tienen el derecho de proteger sus normas y estructuras sociales y que cuando este derecho choca con las exigencias de la economía global, es esta última la que debe hacerse a un lado y no al contrario. Rodrik desenmascara una de las verdades de apuño de la economía global: la democracia nacional y una globalización profunda son incompatibles.  Esto lo ilustra con el ejemplo de Argentina.

En este país,  bajo Cavallo,  Menem y De la Rúa a la cabeza, la globalización se convirtió en el objetivo último de gobierno y sin embargo no pudieron evitar que la presión política interna interviniera  y les aguara la fiesta.

En febrero de 1991, el Ministro Cavallo,  nombrado por Carlos Menem para que se encargara de la política económica,  ató el peso al dólar en lo que se conoció como  la Ley de Convertibilidad, prohibió las restricciones a las transacciones financieras internacionales, aceleró las privatizaciones y la desregulación de la economía y la abrió por completo a los mercados internacionales.  Todo ello justificado por lo que se llamó un  exceso de intervencionismo del pasado, pues en su parecer, Argentina había cambiado las reglas de juego cada vez que se le venía en gana. Pensó que la globalización serviría  tanto de arnés como de  motor de crecimiento de la economía. Era el Consenso  de Washington llevado al extremo. 

En un principio las medidas de integración económica frenaron la inflación y los capitales fluyeron. La inversión, las exportaciones y los ingresos crecieron rápidamente. Pero al  finalizar la década,  desarrollos adversos en la economía mundial sirvieron de escenario para que los inversores cambiaran de parecer sobre Argentina y la pesadilla regresó al país vengativamente. La crisis financiera asiática, pero más aún la devaluación brasilera de principios de 1999, fueron los  detonantes de una nueva crisis. Cavallo que había dejado su puesto en 1996, regresa con Fernando De la Rúa en 2001. Adoptó una política de austeridad severa, con recortes fiscales en una economía donde uno de cada cinco trabajadores estaban desempleados.  Impuso recortes a los salarios y a las pensiones lo que provocó masivas protestas y generó pánico y todos acudieron temerosos a retirar sus depósitos a los bancos, temiendo una devaluación. El pánico causado y el descontento forzaron la renuncia de De la Rúa y de su ministro Domingo Cavallo.

¿Qué salió mal? La respuesta corta es que la política doméstica se le atravesó a la hiperglobalización. Los dolorosos ajustes luego de una profunda integración no se acomodaban a una ciudadanía descontenta y finalmente la política triunfó.

El trilema


¿Cómo manejar la tensión  entre la democracia doméstica y los mercados globales?

Dani Rodrik dice que hay tres opciones. Se puede restringir la democracia con el interés de minimizar los costos de transacción internacionales, haciendo caso omiso el traumatismo que la economía global a veces produce. Se puede limitar la globalización, con la esperanza de construir una legitimidad democrática doméstica. O se puede globalizar la democracia, en detrimento de la soberanía nacional. No se pueden tener las tres cosas a la vez: hiperglobalización, democracia y autodeterminación.

Si no se quiere sacrificar la democracia, se puede, no obstante,  optar por la “gobernanza global”. Es decir, optar por instituciones globales robustas pero reguladas. La más cruda forma de esta gobernanza global delega  directamente todos los poderes nacionales en tecnócratas internacionales, involucrando agencias regulatorias autónomas encargadas de resolver problemas de índole “técnica” que surgen de una toma de decisiones descoordinada de la economía global.  Una especie de federalismo global, o una forma menos ambiciosa que de todas maneras conllevaría restricciones a la soberanía nacional. Pero ¿es esto deseable y posible? De todas formas hay demasiada diversidad en el mundo para someterla a unas solas y uniformes reglas de juego.

El talón de Aquiles de la gobernanza global, argumenta Rodrik, es que carece de relaciones de accountability o rendición de cuentas claras. Bajo el estado nacional la rendición de cuentas de los gobernantes la hace el electorado que si no está satisfecho castiga al gobernante no volviéndolo a elegir. Un ejemplo muy utilizado es el de la Unión Europea que ilustra tanto los aciertos de las nuevas ideas sobre la gobernanza global como sus limitaciones.  Esta cuenta  con una Corte de Justicia y con un Banco Central y un sinnúmero de agencias especializadas pero se ha quedado corta en cuanto a  la creación de instituciones democráticas.  No hay una infraestructura política común.  También fue evidente,  luego de la crisis global de 2008,   que las respuestas fueron diversas y descoordinadas. Países más afectados como Latvia, Hungría y Grecia fueron obligados a recurrir al FMI y aceptar sus condiciones para poder acceder a créditos de los gobiernos más ricos de la UE.

En conclusión,  la gobernanza global enfrenta serias limitaciones: las identidades políticas y los apegos giran en torno los estados nacionales; las comunidades políticas se organizan domésticamente y no globalmente;  verdaderas normas globales han surgido en una muy reducida franja de temas y hay diferencias sustanciales alrededor del mundo en cuanto a cuáles son los arreglos normativos deseables.  

Si la gobernanza global en el futuro próximo no es ni deseable y factible, entonces ¿cuál es la solución?

Si sacrificamos la hiperglobalización, como lo hizo en su momento el sistema de Bretton Woods-GATT,  entonces todos los países pudieron bailar a su propio ritmo  en tanto removieron ciertas restricciones al comercio y en sus fronteras y fueron tratados todos de igual manera. Este sistema funcionó exitosamente hasta  que llegó la liberalización económica de los años ochenta.  No queda entonces otra opción que optar por una globalización ligera  y reinventar un sistema tipo Bretton Woods para nuestra era, bajo el entendido de que no se puede regresar a la mítica “Edad de Oro” del capitalismo con tarifas altas al comercio, controles de capital rampantes, un débil GATT, y tampoco lo quisiéramos, dice Rodrik.  

Una nueva globalización


Los mercados deben estar empotrados en sistemas de gobernabilidad, es decir, los mercados requieren instituciones sociales que los apoyen porque los mercados no se crean, regulan estabilizan o sostienen por sí mismos. Hay que volver al espíritu que creó el sistema de Bretton Woods que logró un buen balance que evitó empujar la globalización más allá de todo control, como ocurre ahora. Los estados nacionales todavía predominan y son la única jugada posible. Estos necesitan de un espacio de maniobra para poder establecer estándares nacionales y regulaciones, pues allí yace la verdadera gobernanza. La única oportunidad de fortalecer la infraestructura de la economía global yace en reforzar la capacidad de los gobiernos democráticos para proveer esos fundamentos.

La centralidad de los estados nacionales significa  que las reglas que deben ser formuladas deben tener puesto un ojo en la diversidad institucional. Lo que se necesita son normas de tráfico que permitan que los diferentes vehículos, de diferentes tamaños y formas puedan desplazarse a diferentes velocidades en lugar de imponer un solo modelo uniforme y una velocidad igual para todos.

Una vez que entendamos que el eje de la economía global debe construirse al nivel nacional, entonces se da pie para que los países construyan las instituciones que mejor les sirvan.  No hay un solo camino correcto que conduzca al desarrollo. Los países tienen el derecho de proteger sus propias estructuras sociales, regulaciones e instituciones.

Hay que modificar, por supuesto, el actual régimen comercial. Hay que lograr que el sistema abierto que tenemos hoy sea consistente con otras metas sociales. Hay que abrirle un margen de maniobra a las políticas domésticas en favor del medio ambiente, los trabajadores, los consumidores todo lo cual haría ganar en legitimidad al libre comercio. El sistema financiero global también debe ser regulado. Ello implica que se deben restringir los flujos de capital transfronterizos para proteger las regulaciones nacionales.  Un nuevo orden financiero global debe ser construido. Los problemas del comercio internacional y del sector financiero surgen por un exceso de globalización y su mal manejo.  Un régimen de migración internacional más flexible debe promoverse.  En fin todo ello solo puede surgir del estado-nación y de su intervención en los asuntos públicos.


En conclusión, su punto de vista no construye un camino hacia un mundo plano, un mundo sin fronteras. Lo que propone es permitir que una economía mundial sostenible florezca dejando campo para que las democracias determinen su propio futuro.