Historias de la realidad o la realidad de las historias

viernes, 10 de febrero de 2017

Tesis en torno a la elección y el gobierno de Donald Trump


1.  Un insurgente en la Casa Blanca: del dicho al hecho


“Un insurgente en la Casa Blanca” es la portada más reciente de The Economist, pues en menos de un mes Donald Trump ha ejecutado políticas y emitido decretos en diversas direcciones, ha ofendido mandatarios, casado peleas internacionales con varios países, ha defendido la tortura, atacado la prensa, anulado políticas de Obama y puesto en marcha varias de sus promesas electorales. 

Su primer decreto pretendía erosionar la reforma de ObamaCare, amenazando con dejar sin seguridad social a unos 18 millones de ciudadanos en el término de un año. En los siguientes días firmó órdenes ejecutivas para retirar al país del Tratado Transpacífico (TPP, por sus siglas en inglés), revivir proyectos de oleoductos prohibidos por Obama; construir un muro en la frontera con Méjico, recortar el presupuesto al programa de planificación familiar en países en desarrollo, ordenó un nuevo plan para luchar contra la organización extremista Estado Islámico. También amenazó con perseguir a los inmigrantes indocumentados y ha abierto la posibilidad de revivir establecimientos secretos de detención y tortura para los sospechosos de terrorismo. Incluso propuso revisar las políticas para combatir el SIDA en África.
Un reflejo fiel de sus políticas erráticas y ultraderechistas es el gabinete de magnates y de halcones poco preparados para sus cargos, que niegan la existencia del cambio climático y que representan intereses concretos como el petrolero y el financiero. 
  
Su gabinete de generales y multimillonarios, según Claudio Katz en su artículo “el Tormentoso debut de Trump”,  incluye enemigos de la educación pública (Betsy DeVos), el sistema de salud  (Tom Price), el ambientalismo (Scott Prui) y amigos de congelar el salario mínimo (Andy Puzder). Su vicepresidente (Mike Spence) lidera las campañas de penalización del aborto y sus principales funcionarios son declarados anti-islamistas (Michael Flynn) o pregoneros del suprematismo blanco (Bannon).

Las primeras medidas erráticas, destructivas e inconsistentes de su presidencia constituyen un vaticinio de que el crecimiento económico y el bienestar en el largo plazo se afectarán.  



2. El populismo de Trump es tan solo una cortina de humo que aprovechó distintos factores de la crisis global para hacerse elegir


Es por todos sabido que durante su campaña el nuevo mandatario apeló al sentimiento de inconformidad del trabajador blanco norteamericano que ha perdido  posibilidades de empleo por la llegada de inmigrantes, que ocupan puestos de trabajo por sueldos más bajos. El discurso antiinmigración de Trump caló hondo en ese segmento de blancos pauperizados, en particular en las áreas rurales de los 'estados indecisos', como Florida, Carolina del Norte, Wisconsin, Ohio y Pensilvania.

El talante  xenofóbico del magnate entonces prometía dividendos electorales y una vez llegó a la Casa Blanca, la emprendió contra los  mejicanos anunciando la construcción de un muro fronterizo pagado por sus propias víctimas, y un impuesto del 20% a las importaciones provenientes de Méjico, igualmente atacó a los musulmanes mediante una orden ejecutiva que prohibía temporalmente el ingreso a ciudadanos de 7 países musulmanes, el cual  ha sido suspendido por una orden judicial. 

Las naciones soberanas necesitan fronteras protegidas para controlar la inmigración lo cual no implica cerrar las puertas o implementar prohibiciones con base en criterios religiosos cómo pretende Donald Trump, pues resulta profundamente ofensivo.

Al mismo tiempo el presidente Trump pavimentó su camino a la Casa Blanca con promesas de corregir los desequilibrios en el comercio exterior. En efecto, el déficit comercial de Estados Unidos creció en 2016 a su nivel más alto en cuatro años con persistentes desequilibrios con China, Europa y México que dan más munición al proteccionismo de Donald Trump.

No obstante, no hay razón alguna para creer que tenga intenciones de reversar las nefastas políticas de la globalización neoliberal y los excesos del libre comercio. Ante todo, busca recuperar la hegemonía de Estados Unidos en el intercambio global sin revertir la estructura internacional de transacciones, que actualmente ontrolan las empresas multinacionales.

Según Claudio KatzEstados Unidos ha reversado políticas de libre comercio en el pasado pensando en su propio beneficio: “ese tipo de revisión ya fue perpetrada por Estados Unidos, cuando sustituyó el fracaso del ALCA por convenios bilaterales con distintos países latinoamericanos. Ahora prepara una renegociación que preservará todos los ítems que apuntalan a la potencia del Norte”.

Su xenofobia junto con un proteccionismo derechista y el desprecio por las élites hacen parte de una campaña demagógica titulada “Make America Great Again” que culpa a los inmigrantes,  a los políticos de Washington  y a los tratados de libre comercio donde Estados Unidos es deficitario de las dificultades del país más poderoso de la tierra.

Pero el auge del populismo de derecha en Estados Unidos, con el advenimiento de Trump y en otros países de Europa, no se explica únicamente por causas económicas. Jeffrey Sachs,  lo atribuye  a cuatro factores: el creciente nacionalismo, la debilidad de la política exterior norteamericana, la crisis de los partidos de centro izquierda y la crisis de los refugiados. 

Si fuera por razones económicas no se explicaría el auge de líderes populistas de derecha en países del Norte de Europa, que tienen los mejores estándares de calidad de vida en el mundo. Todos los países escandinavos y sus vecinos del norte de Europa, tienen partidos populistas de derecha, con creciente poder e influencia.

Lo cierto es que el magnate inmobiliario logró posesionarse ante los electores como candidato del cambio anti-establishment con mayor éxito que, por ejemplo, el candidato de izquierda Bernie Sanders, con el factor agravante de que el Partido Republicano mantiene  la mayoría en el Congreso, facilitando la imposición de la nueva agenda derechista.  

3. Las propuestas económicas, no obstante, sólo apuntalan al gran capital y el corporativismo


Si bien es cierto que el  ritmo del crecimiento de Estados Unidos en los últimos 16 años se ha estancado lo mismo que la productividad por hombre y el ingreso promedio por familia prácticamente no creció entre 2000 y 2014, cuando toma posesión Donald Trump la economía norteamericana está cerca del pleno empleo, de manera que los índices económicos tan solo pueden empeorar, de aquí en adelante.

Según Paul Krugman, Trump ve el comercio internacional como todo el resto: como una lucha por la dominación, en la cual alguien gana a costa de que alguien más pierda. No obstante, el juego comercial no siempre es de suma cero en un mundo donde nada está  hecho totalmente en Estados Unidos o en China, las manufacturas están deslocalizadas de manera que los componentes de digamos un carro se producen en muchos países.

Trump está dispuesto a ejercer un mayor proteccionismo pero llevado muy lejos podría desatar guerras comerciales, ya que los socios de Estados Unidos no tendrían una opción distinta a la de responder subiendo los impuestos a las exportaciones estadounidenses.

Al mismo tiempo promete rebajar los impuestos corporativos lo cual repercutirá en un  dólar  y unas tasas de interés más altos, afectando a su vez el anunciado estímulo fiscal. La apreciación del dólar tendrá consecuencias en todo el mundo. De otro lado, el estímulo fiscal de Trump bajo una situación de casi pleno empleo puede conllevar más inflación que crecimiento económico.

Lo que sí ha hecho por lo pronto, es emitir dos decretos para reversar la reforma financiera Dodd-Frank - implementada en 2010 para promover la estabilidad financiera de los Estados Unidos a través de medidas que proporcionen transparencia y estabilidad en el sistema  y ordenar la separación de las funciones de los bancos comerciales y los bancos de inversión - y otro más camino a una mayor desregulación lo cual estimulará nuevamente la inestabilidad en los mercados financieros y beneficiará a Wall Street.

No es probable que el nuevo presidente de Estados Unidos le apunte a una política industrial que reverse la situación de crisis de las manufacturas. El sector en 2015 representaba en términos de empleo un cuarto del de 1970. La pérdida de empleos en el Cinturón Industrial ha dejado a un sinnúmero de trabajadores blancos con un nivel  de vida apenas superior a los de sus padres.

Aunque el Silicon Valley creó nuevas industrias y mejoró el ritmo de la innovación por un corto periodo, en poco tiempo también decayó. La falta de innovación  y no tanto el comercio es realmente la culpable  del decaimiento industrial sostiene Dani Rodrik. Para revivir el sector se necesita de una política industrial activa y no simplemente desregular como propone Trump. Anota Rodrik que mientras la tasa de participación laboral industrial decae en Gran Bretaña y Estados Unidos en países que han innovado y que también están en el comercio como Alemania y Holanda aumenta. Por lo pronto Trump cree que amenazando  a empresas como Ford y Carrier y ayudando a otras como Google, va a promover la producción  y el empleo. Esto nos recuerda el corporativismo alemán e italiano de los años 1930.

Las políticas industriales exitosas como la de los países del Sudeste Asiático y China se han basado en una relación de estrecha colaboración y coordinación entre el sector público y el privado.


4.El talante pendenciero de Donald Trump promete ahondar los conflictos internacionales 


A medida que los votantes de la clase trabajadora se han venido percatando de que las promesas de Donald Trump sobre nuevos empleos y un mejor sistema de salud eran mentirosas, sus medidas y querellas internacionales se han convertido en la nueva cortina de humo.

La crisis financiera global de 2008, el auge de ISIS, la transformación de Rusia en un peligroso adversario al mando del presidente V. Putin ejemplificado por la anexión de Crimea en 2014 y la invasión de Ucrania Oriental, los programas de armas nucleares en Corea del Norte e Irán, la Cyber intervención en las elecciones presidenciales y una China más nacionalista y militarmente más peligrosa, constituyen hechos que incrementado dramáticamente los retos a la política internacional.

Ya no se trata de  saber hasta donde imponer los  valores e intereses estadounidenses a otros sino de saber qué hacer para enfrentar una cascada de desafíos a sus intereses más sentidos y su seguridad nacional, y el nuevo presidente  ha planteado un verdadero revolcón en unos pocos días, prometiendo agudizar todas las contradicciones.

“Make America great again” sugiere una potencia prepotente que dicta órdenes, e impone  hechos, así: “tomaremos su petróleo”, “construiremos un muro y obligaremos a Méjico a pagar por él y sacaremos a los terroristas y a los “bad hombres” aún en contra de la ley internacional”; “obligaremos a China a cambiar los términos comerciales y si ello desata una guerra, a quien le importa”, “bienvenida la guerra armamentista porque la ganaremos”. El presidente Trump realmente cree que Estados Unidos puede volver a dominar unilateralmente la política y la economía mundial.

El mandatario está dictando una nueva y peligrosa política internacional: el nuevo embajador en Israel, David Friedman, sin experiencia diplomática, ha dudado de la necesidad crear  dos Estados bajo la cual israelíes y palestinos puedan vivir juntos y en paz y ha respaldado la continuación de los asentamientos israelíes en el territorio ocupado en Cisjordania.  

Pero la más significativa manifestación de cambio ha sido la repentina simpatía por el presidente V. Putin, pero significa ello que ¿aplaudirá sus ambiciones sobre Ucrania? ¿Cómo reaccionará Trump, luego de cuestionar a la OTAN, si Putin intenta invadir a uno de los países Bálticos? ¿Será que Putin es un sincero aliado de Trump?

Otro cambio sustancial es su posición de confrontación frente a China,  y naciones como Japón, Corea del Sur y Australia, han expresado su preocupación.

En realidad el auge de China ha proporcionado una nueva órbita para muchos países alrededor del mundo, convirtiéndose en una fuerza hegemónica alternativa para África y el Sudeste Asiático que viene sin el colonialismo occidental y la moralización sobre la democracia y los derechos humanos. Y el gobierno de Trump le está dando aún mayores oportunidades a China de consolidar su papel como inversionista en infraestructura en muchos países deseosos de desarrollo. Adicionalmente Europa también contribuiría a mover la balanza del poder mundial a favor de China.  El futuro incierto de la Unión Europea y el preocupante auge de fuerzas políticas populistas de derecha pueden conllevar a un nacionalismo y proteccionismo similares.

Trump plantea una nueva lucha ideológica en defensa de la cultura judeo-cristiana frente a otras civilizaciones, en particular el islamismo.  Los organismos multilaterales y cooperación internacional como las Naciones Unidas se plantean como obsoletas. Múltiples convenciones y tratados serían erosionados como ya lo expresó frente al Acuerdo Nuclear con Irán y al Acuerdo de Paris del Cambio Climático, causando un daño duradero, dejando solo el uso de la fuerza como instrumento  para dirimir los conflictos mundiales.

Inaugura un giro de alcance global. El epicentro de la crisis se ubica primera vez en la principal potencia del planeta. De la misma forma que nadie imaginó la implosión de la Unión Soviética o la conversión de China en potencia económica, tampoco hubo previsiones de la monumental mutación en curso.


 5. La resistencia se pone a la orden del día con el mandato de Trump


No en vano la defensa de los Derechos Humanos y de las minorías ha pasado por ya décadas de desarrollo de manera que vastos sectores de la población  se han apropiado de  consignas propias del feminismo, la igualdad de género, el medio ambiente y la diversidad cultural y biológica. Las reacciones de protesta y descontento frente al insulto y ofensas de Trump en contra de las mujeres, la población LGBTI, los inmigrantes, los latinos,  etc, no deben sorprender a nadie.

Pero de todas las fuentes de posible oposición a Trump, solamente las mujeres, que constituyen más de la mitad de la población,  han logrado organizarse eficientemente por lo pronto.  La “marcha de las mujeres sobre Washington” resultó ser unas tres veces más grande que la manifestación  que acompañó a Trump el día de su posesión. Las Ongs y otros movimientos sociales también se han manifestado ayudados por los medios de comunicación, atizados ahora  por la guerra declarada de Trump a los periodistas y medios. El populismo de derecha ataca  principalmente los ideales liberales como la separación de poderes, la libertad de prensa, la independencia de la rama judicial, el libre comercio que no necesariamente son ideales democráticos.

La resistencia ha crecido no solamente por parte de la ciudadanía y las minorías, internamente las instituciones, comenzando por el partido Demócrata y la rama judicial,  también están cuestionando las recientes órdenes ejecutivas.

El nuevo inquilino de la Casa Blanca  quiere imponer una autocracia o sea una democracia no liberal autoritaria, donde los mandatarios son electos de manera más o menos libre pero donde las libertades civiles básicas son coartadas, la transición del poder se hace mas difícil, la libertad de prensa y expresión son atacadas, las minorías pierden protección y la división de poderes y contrapesos se elimina parcial o totalmente.

Hay un giro del globalismo hacia el nacionalismo, de unas élites metropolitanas a unas rurales y populistas de derecha.  Se está pasando de una ideología económica redistributiva y de un corporativismo regulado a algo así como un corporativismo intervencionista. De una democracia liberal a una democracia autocrática y autoritaria.


lunes, 6 de febrero de 2017

El euro cuestionado


Joseph E. Stiglitz en su más reciente libro El Euro: Cómo la moneda común amenaza el futuro de Europa, nos muestra una vez más cómo las políticas inspiradas en la ideología más que en la evidencia son tan nocivas como inapropiadas.  En el caso de la eurozona, la integración económica con base en una moneda común se planteó prematuramente, sin establecer una serie de instituciones que permitieran que una región con la diversidad que tiene Europa funcionara eficazmente con una sola moneda. El proyecto de integración política, que también se buscaba, nunca se hizo realidad. La divergencia entre los países es cada vez más grande  y particularmente desde la crisis financiera de 2008, agravada con la del euro en 2010, los países del Sur de Europa cada vez están más estancados mientras que Alemania se hace cada vez más rica en comparación con otros países de la zona pero a costa de una gran desigualdad interna.

La moneda única implicaba un tipo de cambio fijo  y un tipo de interés único, para países con diversas particularidades  y grados de desarrollo. Inicialmente hubo convergencia y el dinero fluyó a los países de la periferia como Grecia, España, Portugal e Irlanda pero cuando llegó la crisis, que obró como detonante,  los capitales y el crédito los abandonaron. Se culpó a las víctimas, a  sus abultados déficits y a la corrupción pero la realidad es  que las políticas de la eurozona impidieron la adaptación a las conmociones de la crisis financiera mundial.

No se podían tomar políticas discrecionales basadas en la tasa de cambio o la tasa de interés , en su defecto se impusieron las  devaluaciones internas competitivas, o sea bajar los precios del país en  relación con el resto, mediante  políticas de austeridad. La caída de los salarios y precios, no condujo a un crecimiento de las exportaciones pero sí a una reducción del PIB y el estancamiento económico se entronizó en la eurozona. En cuanto al exceso de deuda de los países endeudados en euros, no había control sobre la impresión sobre la moneda y algunos países de la eurozona se volvieron prestatarios de otros, especialmente Alemania que tenía el dinero.

Alemania presenta ahora un  superávit comercial enorme: más grande que el de China como porcentaje del PIB, lo cual es un problema porque se refleja como déficit en el resto de países de la eurozona, contribuyendo a una crisis de la demanda en toda la zona.

Como dice Stiglitz, “la eurozona era un edificio hermoso levantado sobre unos cimientos muy débiles”, las virulentas grietas se hicieron evidentes después de la crisis de 2008. El libre flujo de capitales hizo que se creyera que no había riesgos y primero el flujo llegó a los países periféricos, se crearon burbujas inmobiliarias  (España e Irlanda) y crearon déficits públicos en (Grecia)  e inflación, luego este dinero abandonó a los países débiles hacia los países fuertes.

La fuga de capitales y la migración laboral  se convirtieron en fuentes de divergencia.  Bajo la libre circulación de trabajadores y de capital, los países compiten por atraer los capitales y los trabajadores más calificados, rebajando los impuestos lo que agravó la divergencia entre países. Es indudable que la eurozona ha impuesto más armonización de la necesaria lo cual ha molestado especialmente a los británicos. Se prohibieron las políticas de fomento industrial que hubieran permitido a los países más atrasados converger.

La troika y la crisis


A los problemas de la estructura de la eurozona se han sumado las políticas impuestas a los países más afectados tras la crisis por la troika conformada por el Fondo Monetario Internacional, FMI,  el Banco Central Europeo, BCE, y la Comisión Europea.  Europa se equivocó imponiendo la austeridad y unos recortes excesivos al gasto público que solo ahondaron la crisis.

El BCE, la principal institución bancaria, se centró, por motivos ideológicos característicos  de la ortodoxia neoliberal en la estrecha lucha contra la inflación, olvidándose de la responsabilidad democrática.  Cuando sobrevino la crisis, no existía en la eurozona un sistema bancario que garantizara  el rescate de las entidades con problemas ni un fondo especial para la estabilización. “El ejemplo más radical lo vimos cuando el banco decidió no ejercer como prestamista de última instancia para Grecia en el verano de 2015. Mientras Grecia negociaba con la troika, los bancos del país se vieron obligados a cerrar sus puertas y entre bastidores el BCE amenazaba con imponer aún más costes al país si no aplicaba con cumplir con las demandas de la troika”.


Las alternativas


Stiglitz no solamente analiza la crisis del euro, es propositivo y plantea un mundo alternativo: darle la oportunidad al euro de salir adelante lo cual implica unos cambios estructurales para lograr la convergencia entre países o un divorcio amistoso, o sea la salida de unos cuantos países de la eurozona, quizás con la división de la eurozona en dos o más áreas con sus respectivas monedas.

El libro explica con detalle el tipo de reformas que se necesitarían para uno u otro caso.  Para que la eurozona funcione se requieren de varias reformas estructurales: Primero, un sistema financiero común.  Segundo, la mutualización de la deuda.  Tercero, un marco común para la estabilidad que consta de seis partes: 1. Reforma a los criterios de convergencia de Maastrich, 2. Un fondo solidario europeo de estabilización, 3. Implantar estabilizadores progresivos automáticos. 4. Una política monetaria más flexible, 5. Regulaciones a los mercados y 6. Unas políticas anticíclicas más activas.  Cuarto, una verdadera política de convergencia, o hacia una realineación estructural (Desalentar los superávits, la ampliación salarial y las políticas fiscales en los países con superávit,  revertir el resto de políticas divergentes). Quinto, una estructura de la eurozona que fomente el pleno empleo y el crecimiento en toda Europa (la macroeconomía). Sexto,  reformas para garantizar el pleno empleo y el crecimiento en toda Europa (Un sistema financiero que sirva a toda la sociedad, una reforma ala gobernanza corporativa, un supercapítulo 11 para las quiebras, promover las inversiones medio ambientales).  Y Séptimo, un compromiso por la prosperidad común.

Igualmente plantea una serie de reformas  en las políticas anticrisis y algunas medidas para un divorcio amistoso comenzando por un nuevos sistema monetario más acorde a  las exigencias del siglo XXI.


El Brexit


Aunque Gran Bretaña nunca aceptó el Euro como moneda única considera que el Brexit es expresión de las fallas de la eurozona como proyecto de integración y señala que el Reino Unido, en parte, se ha visto atrapado en el mismo torbellino que ha golpeado a Estados Unidos: los ciudadanos de a pie de ambas orillas se han hartado, grandes sectores de la población la están pasando mal pues la agenda neoliberal de los últimos 30 años solo ha beneficiado al 1%, pero no al resto.

El centro izquierda del Reino Unido se dejó cooptar y abrazó la agenda neoliberal e impuso la austeridad por su cuenta. La extrema derecha, por su parte, se ha centrado en el tema de la inmigración y el comercio como fuentes de la crisis, y en parte tienen razón. Los tratados comerciales se han negociado en secreto, teniendo en cuenta los intereses empresariales y no los de los ciudadanos del común. Como en el caso del comercio los defensores de la liberalización de las migraciones sobrevaloraron  los beneficios y subestimaron los efectos distributivos y sus consecuencias. Desde mediados de 2015,  la atención se trasladó de la crisis del euro a la de los inmigrantes, los miles de refugiados provenientes de países desgarrados por las guerras de Oriente Próximo. Europa ha gestionado mal esta crisis y nunca logró un sistema equitativo para repartir la carga.

La solución está ahí, pero se requier de una decisión política.  Se necesita más Europa o menos Europa. La crisis del Euro no ha terminado, por lo pronto una mayor integración económica no ha conllevado ni ha un mayor bienestar ni a una mayor integración política. De todas maneras el status quo es insostenible.  La eurozona es la unión de 19 países muy diferentes. Los costes de la disolución pueden ser altos pero el coste de permanecer juntos pueden ser aún mayores, concluye Stiglitz.  



domingo, 8 de enero de 2017

La abdicación de la izquierda


Por Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional de Harvard  para Project Syndicate 

RONDA, ESPAÑA – Mientras el mundo no termina de recuperarse de la conmoción del Brexit, economistas y políticos comienzan a darse cuenta de que subestimaron seriamente la fragilidad política de la forma actual de la globalización. La revuelta popular que aparentemente hay en curso adopta formas variadas y superpuestas: reafirmación de identidades locales y nacionales, demanda de mayor control y rendición de cuentas democráticos, rechazo de los partidos políticos centristas y desconfianza hacia las élites y los expertos.
Esta reacción era predecible. Algunos economistas (entre los que me incluyo)advirtieron sobre las consecuencias de llevar la globalización económica más allá de los límites de las instituciones que regulan, estabilizan y legitiman los mercados. La hiperglobalización comercial y financiera, dirigida a la plena integración de los mercados mundiales, desgarró las sociedades locales.
Pero lo que sorprende más es el giro decididamente derechista que tomó la reacción política. En Europa, el proceso ha llevado al surgimiento de una serie de partidos mayormente populistas nativistas y nacionalistas, mientras que la izquierda solo ganó terreno en unos pocos lugares como Grecia y España. En Estados Unidos, el demagogo de derecha Donald Trump consiguió desplazar al establishment republicano, mientras que el izquierdista Bernie Sanders no pudo vencer a la centrista Hillary Clinton.
Tal como a regañadientes concede el nuevo consenso que comienza a aparecer en elestablishment, la globalización acentúa las divisiones de clase entre quienes cuentan con habilidades y recursos para aprovechar la existencia de mercados globales y quienes no. Tradicionalmente, las diferencias de ingresos y clase, a diferencia de las identitarias basadas en la pertenencia racial, étnica o religiosa, siempre fortalecieron a la izquierda. ¿Por qué esta fue incapaz de presentar un cuestionamiento político significativo a la globalización?
Una respuesta es que la inmigración restó protagonismo a otros “shocks” de la globalización. La percepción de una amenaza de ingreso masivo de inmigrantes y refugiados de países pobres con tradiciones culturales muy diferentes agrava las divisiones identitarias que los políticos de extrema derecha saben explotar tan bien. Por eso no es sorpresa que políticos de derecha como Trump o Marine Le Pen aderecen su mensaje de reafirmación nacional con una abundante dosis de simbolismo antimusulmán.
Las democracias latinoamericanas son un contraste elocuente. Para estos países la globalización fue ante todo un shock del comercio internacional y la inversión extranjera, más que un shock de inmigración. La globalización se convirtió en sinónimo de las políticas del “Consenso de Washington” y de apertura financiera. La inmigración de Medio Oriente o África fue limitada y no adquirió relevancia política. Por eso la reacción populista en América latina (en Brasil, Bolivia, Ecuador y, más desastrosamente, Venezuela) fue hacia la izquierda.
La historia es similar en las dos grandes excepciones al resurgimiento de la derecha en Europa: Grecia y España. En la primera, la discusión política giró en torno de las medidas de austeridad impuestas por las instituciones europeas y el Fondo Monetario Internacional. En España, la mayoría de los inmigrantes, hasta hace poco, vino de países latinoamericanos con semejanzas culturales. En ambos países, la extrema derecha no halló el caldo de cultivo que tuvo en otras partes.
Pero tal vez la experiencia en América latina y el sur de Europa revela una debilidad mayor de la izquierda: la ausencia de un programa claro para remodelar el capitalismo y la globalización para el siglo XXI. Desde Syriza en Grecia hasta el Partido de los Trabajadores en Brasil, la izquierda no pudo hallar ideas económicamente razonables y políticamente populares (salvo paliativos como la transferencia de ingresos).
Gran parte de la culpa es de los economistas y tecnócratas de izquierda. En vez de ayudar a definir ese programa, se entregaron con demasiada facilidad al fundamentalismo de mercado y adoptaron sus principios centrales. Peor aún, lideraron el movimiento hiperglobalizador en momentos cruciales.
La entronización de la libre movilidad del capital (especialmente de tipo volátil) como norma por parte de la Unión Europea, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, y el FMI fue probablemente la decisión más fatídica para la economía global que se haya tomado en las últimas décadas. Como demostró Rawi Abdelal, profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, los principales promotores de esta iniciativa a fines de los ochenta y principios de los noventa no fueron los ideólogos del libre mercado, sino tecnócratas franceses como Jacques Delors (en la Comisión Europea) y Henri Chavranski (en la OCDE), estrechamente vinculados con el Partido Socialista en Francia. Asimismo, en EE. UU., la embestida desreguladora fue liderada por tecnócratas asociados con el Partido Demócrata (de orientación más keynesiana), como Lawrence Summers.
Es probable que el fallido experimento keynesiano de Mitterrand a principios de los ochenta haya dado a los tecnócratas socialistas franceses razones para concluir que una gestión económica en el nivel nacional ya no era posible y que no había una alternativa real a la globalización financiera: lo mejor que podía hacerse era aprobar normas paneuropeas y mundiales, en vez de dejar a países poderosos como Alemania o EE. UU. imponer las suyas.
La buena noticia es que el vacío intelectual de la izquierda se está llenando, y ya no hay motivos para seguir creyendo en la tiranía de la falta de alternativas. Hay un corpuseconómico “respetable” cada vez mayor del que los políticos de izquierda deberían extraer inspiración.
Veamos algunos ejemplos: Anat Admati y Simon Johnson defendieron la implementación de reformas radicales en el sector bancario; Thomas Piketty y Tony Atkinson propusieron un variado menú de políticas para encarar la desigualdad en el nivel nacional; Mariana Mazzucato y Ha-Joon Chang escribieron textos muy profundos sobre cómo fomentar la innovación inclusiva desde el sector público; Joseph Stiglitz José Antonio Ocampo propusieron reformas globales; Brad DeLong, Jeffrey Sachs y Lawrence Summers (¡el mismísimo!) sostuvieron la necesidad de inversión pública a largo plazo en infraestructura y economía verde. Aquí hay suficientes elementos para construir una respuesta económica programática desde la izquierda.
Una diferencia crucial entre la derecha y la izquierda es que la primera prospera profundizando divisiones en la sociedad (“nosotros” contra “ellos”), mientras que la izquierda, cuando es exitosa, las supera por medio de reformas que unen a las partes. De allí la paradoja: las primeras olas de reformas desde la izquierda (el keynesianismo, la socialdemocracia, el Estado de bienestar), al salvar al capitalismo de sí mismo, se volvieron ellas mismas superfluas. Si no se plantea otra respuesta similar ahora, se dejará vía libre a los movimientos populistas y de extrema derecha que llevarán el mundo (como siempre lo han hecho) a una división más profunda y una proliferación de conflictos.
Traducción: Esteban Flamini

domingo, 16 de octubre de 2016

La globalización y el auge del populismo de derecha


La globalización neoliberal al no generar el prometido bienestar para las mayorías sino todo lo contrario: pobreza, desempleo, marginamiento y  estancamiento económico ha producido una gran polarización política como respuesta, apuntalada por corrientes de izquierda antiglobalización pero más recientemente por el resurgimiento de una derecha populista que antaño era liberal, neoliberal o conservadora y que genera gran confusión. Confunde porque defienden el proteccionismo, busca el voto obrero y propenden por partidos “neoproletarios” sin socialismo, por supuesto, que apelan al trabajador blanco frustrado por su situación económica y social y que proponen que el acceso a los recursos públicos y a los puestos de trabajo debe ser primero para los nacionales.

Hay distintas variantes de este fenómeno pero tienen en común la bandera  contra las élites políticas y financieras y la defensa de una identidad nacional que se ve amenazada, sobre todo por los extranjeros. “Son movimientos antiglobalización de derechas”, dice el experto Xavier Casals que denomina este fenómeno como “nacional populista”.

Se trata de políticos del talante de Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, que se replica en Europa en cabeza de Norbert Hofer del Partido de la Libertad de Austria, quien estuvo a punto de ganar las elecciones; el exalcalde de Londres, Boris Johnson, a quien se le ha apodado “el rey de la comedia política”; Marine Le Penn en Francia; en el norte de Europa Sylvi Listhaug del Partido del Progreso noruego; el danés Kristian Thulesen Dahl, líder del Partido Popular, que ocupa el segundo lugar en el parlamento y  Geert Wilders, el líder del Partido por la Libertad holandés.

Todos los anteriores tienen en común que apelan al proteccionismo y a  un nacionalismo radical motivado por la crisis de los refugiados. El reclamo nacionalista   utiliza la imagen de un peligro potencial para la integridad de la comunidad nacional, un recurso reiteradamente utilizado a lo largo de la historia para fortalecer la cohesión y promover el consenso social con base en una supuesta identidad nacional.  Se crea así un enemigo sobre quien dirigir el descontento, con el pretexto de asegurar un “nosotros”. 

Su electorado es principalmente obrero. Aitor Hernández-Carr señala que numerosos estudios coinciden en señalar que desde los años 80 se ha producido una evolución común en el perfil socioecómico del electorado de las distintas formaciones de derecha radical populista. Si durante los 80 podría hablarse de un "predominio de individuos de clase media", a lo largo de los 90 y 2000 se hizo patente la progresiva "obrerización" del electorado.

Este es un populismo excluyente que justifica la expulsión fuera de la comunidad de unas “minorías amenazantes” de allí el endurecimiento de las leyes migratorias en el conjunto de la UE en la última década,  el crecimiento de la fobia contra el Islam  y/o la campaña de Sarkosy contra los roms  y en general contra los migrantes.  Remueven sentimientos de intolerancia, xenofobia  en sus electores, pero de ninguna manera atacan las verdaderas causas del malestar de la población, o sea las políticas neoliberales que se aplicaron a rajatabla en ambos lados del Atlántico.

La semana pasada el partido Conservador Británico en su Congreso en Birmingham  tomó un giro populista, donde se hicieron explícitas consignas dominadas por la xenofobia, el desprecio al inmigrante, la nostalgia de la Inglaterra imperial y las ideas más retrógradas en cabeza del ala dura del Brexit - Liam Fox, David Davis, Boris Johnson -  que salió fortalecida. Si Thatcher cimentó  un conservadurismo que exaltó el neoliberalismo, ahora May ha decidido refundarlo desde una visión  nacional populista. Ha señalado que el partido quiere alzarse “contra la visión cosmopolita de las élites, contra el espíritu libertario de la derecha y el socialismo de la izquierda”.


La consolidación de este tipo de populismo recrea épocas pasadas como los años 20 cuando surgieron condiciones para una gran conflagración.

Nobel de literatura para Bob Dylan



Por David Brooks, La Jornada 

Nadie sabe quién es aunque casi todos conocen su nombre, y rehúsa ser vocero de nadie aunque millones a lo largo de medio siglo le han dado la palabra, sin su literatura musical es imposible entender a este pueblo, y sus cantos rescatan para todos la ira y la tristeza, el amor y desamor, la indignación, la soledad y la solidaridad en este país.

Durante más de medio siglo dice que ha sido un trabajador con una herramienta. A los 22 años contó al famoso entrevistador Studs Terkel: mi vida es la calle en que camino; la música, la guitarra, es sólo mi herramienta, y que su trabajo no es más ni menos que el de alguien que hace pasteles, o que corta árboles o construye techos.

Dylan siempre es proclamado como la voz de la generación de protesta. Pero en su libro de memorias Chronicles-Volume One cuenta que cuando unos radicales en busca del "Príncipe de la Protesta" fueron a verlo a su casa, él tenía muy poco en común, y sabía aún menos, sobre una generación de la cual supuestamente yo era la voz.




Pocos artistas han tenido tanta influencia sobre la conciencia colectiva de este país. Su obra es parte integral de la narrativa nacional.

La noticia de que Dylan es el nuevo Premio Nobel de Literatura es un antídoto contra la cruda bajeza de esta coyuntura electoral en Estados Unidos. Sin embargo, el anuncio provocó el mismo debate que ha acompañado a este artista desde sus inicios, de que no es quien debería ser. Fue primero elogiado como una nueva voz del folk, sólo para interrumpirla con una guitarra eléctrica y un giro hacia el rock; fue declarado la voz de la generación de los sesenta, pero sigue siendo un músico contemporáneo que rehúsa ser voz de nadie; ha intentado de mil maneras escapar de las definiciones impuestas, y durante años persiste la controversia sobre si la obra de Dylan es literatura o no, y si no habían escritores más merecedores que alguien tan ronco y sin pretensiones intelectuales, alguien que apenas habla. 

¿No eres de esos que creen que Dylan es un poeta, ¿verdad?, preguntó Gore Vidal en una entrevista con La Jornada hace varios años. Hoy varios expresaron alguna versión de esto, pero todos, aunque rehúsen confesarlo, en algún rincón de su cabeza están murmurando, silbando o cantando la literatura de Dylan. En sus primeros años de artista, Dylan escribió sobre las inquietudes y furias de la generación de los sesenta, desde el movimiento antiguerra hasta los derechos civiles, y fue parte integral de la ruta sonora de lo que se llamaba la contracultura, de los que se dedicaron a romper las convenciones. Fue inmediato, pero no se atoró en la inmediatez. 

Su literatura musical nació radical, y su héroe (una vez dijo que era mi primer y mi último héroe) fue el legendario cantautor radical Woody Guthrie, a quien vino a conocer en Nueva York poco antes de su muerte. Varias de sus canciones se volvieron himnos de los movimientos sociales de los sesenta: Blowin’ in the WindThe Times They are a’ Changin’A Hard Rain is Going to Fall , entre otras. Se escuchaban en cafés y cantinas, en asambleas, mítines y manifestaciones. Siguen vigentes todas hoy día. De repente se escuchan entre niños, o entre veteranos de demasiadas luchas sociales, o algunos que están apenas aprendiendo sobre la historia reciente de su propio país.

La furia antiguerra de Masters of War (Maestros de Guerra, ver versión de Eddie Vedder) o With God on Our Side sigue, casi medio siglo después, tristemente vigente.

Dylan fue un príncipe poético del reino insurgente de música del Greenwich Village en Nueva York, un movimiento que tendría impacto nacional e internacional, donde desde muy joven sus canciones fueron interpretadas por músicos desde Jimi Hendrix, Joan Baez, The Band, The Byrds, Nina Simone y Johnny Cash, entre tantos más. Su influencia fue fundamental para una diversidad de músicos, desde Pet Townshend de The Who a Lou Reed, Patti Smith, David Bowie, Bruce Springsteen, Pearl Jam, Ani DiFranco, entre incontables más.

Pero no se quedó ahí, sino que atravesó por gran universo de géneros, empezando con el folk pero pasando por el rock, country, blues, gospel y, hace poco años, hasta música de la era de Sinatra. Dylan no ha dejado de moverse, jamás ha quedado atrapado en el pasado.

En un discurso al aceptar un premio en 2015, recordó que su primer productor le advirtió que “no había precedente para lo que estaba haciendo, que estaba yo adelantado para mi tiempo… o atrasado”, y que si eso era cierto, el público tardaba de tres a cinco años en alcanzarlo, pero el problema era que cuando el público me alcanzaba, yo ya estaba tres a cinco años más adelante; entonces se complicaban las cosas.

Comentó que “estas canciones mías las veo como obras de teatro de misterio, como las que Shakespeare veía cuando estaba creciendo… Estaba en los márgenes antes, y creo que están en los márgenes ahora. Y suenan como a que han recorrido un duro camino”. Explicó que sus canciones no brotan de la nada, sino que “todo salió de la música tradicional: música tradicional folk, rocanrol tradicional y música de big band…. Todas estas canciones están conectadas, que no los engañen. Simplemente abre una puerta diferente, de una manera diferente; nada más es diferente, pero dice lo mismo”.

Celebró a “artistas radicales que cimbraron la esencia misma de la humanidad… Radicales hasta el tuétano [que hacen] canciones que te llegan hasta los huesos….”.

Dylan es un camaleón, disfrazado pero siempre de sí mismo; jamás pretende ser otro. A sus 75 años de edad sigue en gira de conciertos, grabando, y escribiendo. Su voz a veces reaparece, a veces no. A veces canta de cosas místicas, otras de la vida de un obrero o de repente resucita algo viejo. Nunca se sabe.

Por alguna razón, preferiblemente misteriosa (para evitar algún análisis académico), Dylan da voz a los anónimos perdidos en el sueño/pesadilla estadounidense. A pesar de que rehúsa ser vocero, sus palabras revelan tanto una historia contemporánea individual y colectiva de este pueblo, como las grandes tensiones de una vida durante un día. Canta-cuenta historias. El nuevo premio Nobel es único o, como escribió Ann Powers en el New York Times hace años: En verdad no había necesidad de otros Dylans, porque Dylan siempre se ha renovado a sí mismo.