Historias de la realidad o la realidad de las historias

sábado, 14 de mayo de 2016

El arte contemporáneo: negación del arte o decadencia


 
El siglo XXI se ha caracterizado por el surgimiento de una enorme industria globalizada en torno al arte, con estrechos nexos con el mundo financiero, conexiones con galerías de nuevo tipo que ahora incluyen los países emergentes y no sólo Europa y Estados Unidos y que se encargan de promover un sin fin de artistas también de nuevo tipo, que facturan millones de dólares.  También hacen parte las bienales que pasaron de alrededor de diez a doscientas, la mayoría de ellas establecidas como promoción de ciudades. 

Normalmente los artistas que quieren surgir exponen primero en una galería antes de pasar a un museo o salón. Tanto los coleccionistas como los artistas y las back offices de las galerías se valen de Internet para mantenerse al tanto de cuándo comprar la obra de un artista y por cuánto lo cual ha subido la competencia entre artistas internacionales ante los ávidos coleccionistas que viajan de un lugar a otro en sus aviones privados. Las casas de subastas como Sotheby’s  y Christie’s y los marchantes de arte también juegan un papel importante sosteniendo los absurdos precios del arte contemporáneo.
 La galería que se impuso es la de comisión y funciona ahora de manera internacionalizada para cubrir varios mercados a la vez para lo que se han conformado redes de galerías. Lo museos públicos no se distinguen de los privados y se caracterizan ahora por ofrecer cada vez más exposiciones temporales que dependen del marketing y del branding y no tanto de exhibir una colección de arte significativa, preparada por expertos. Todo gira en torno a un mercado sin control y a la especulación tanto sobre el valor monetario como artístico de una multitud de artistas y sus obras. El arte se ha comercializado como nunca antes y ha creado burbujas como cualquier otra mercancía. Véase laburbuja del arte contemporáneo en youtube.


Con la globalización la concepción de arte cambia tan radicalmente que podría considerarse un no arte. Hoy predominan los objetos ready-made, el arte “VIP” -video, instalación, performance (ejecución o actuación)- y el viejo y válido criterio según el cual una obra de arte debería tener una factura y calidad estética se ha ido diluyendo en una serie de creencias muy arraigadas hoy día pero también cuestionables.


El arte ha tenido significados tan diversos según el contexto histórico que es imposible tener una definición única, no obstante todo arte tiene un antecedente. El de hoy tiene raíces en las vanguardias artísticas del siglo XX y en los objetos ready-made de Marcel Duchamp, quien se alejó abruptamente de la pintura para presentar objetos de uso cotidiano, extraídos de su contexto original, a los que les realizaba una modificación mínima para presentarlos como arte, como es el caso del orinal, convertido en fuente y por arte de magia en arte. Con esta transformación Duchamp cambió la aproximación al arte sustancialmente de manera que son las ideas sobre el arte lo que importa y no la obra misma. Es así como se pasó del arte retinal, el que vemos y apreciamos, a un arte conceptual, donde lo que valoramos es lo que se dice o interpretamos de la obra y no tanto la obra en sí. Es el comienzo de la decadencia, para muchos.



La crítica de arte mexicana, Avelina Lésper,  formula en su libro El fraude del arte contemporáneo, publicado y lanzado por la Fundación Malpensante en Filbo de 2016, una serie de dogmas o postulados críticos que aunque provocadores y simples, ilustran bastante bien lo que se entiende por arte en la actualidad. Intentaré resumir las ideas principales.


En primer lugar, está el dogma del concepto donde lo que importa no es el objeto sino la transubstanciación del mismo como ocurrió con el urinario de Duchamp. Dice Avelina que:

“Las obras, al carecer de un valor estético que las justifique como arte, necesitan que se les adjudique un valor filosófico, derivado por lo general de que en todas las obras hay una intención del artista y esta es buena en el sentido moral”.


Lo que pesa en la obra no es su estética sino como dice Joseph Kosuth, uno de los artistas más importantes en el desarrollo del movimiento conceptual, “el peso de la idea en la constitución de la obra”. El acto creativo radica en la elaboración de un comentario crítico sobre qué es arte, más que en la construcción de una pieza, aunque ésta se requiera para comunicarlo. Así, los valores de la obra, prácticamente no se pueden apreciar estéticamente sino más bien de una manera intelectual o moral y de la interpretación que le pueda dar el público. Dice Avelina que “Al convertirse el arte en especulación retórica y teoría, al reducirlo a una construcción discursiva, el artista deja su lugar de creador para entregárselo al teórico, al curador. (…) Lo importante es quién la dirige, quién la teoriza y que estas teorías sean la estructura de la obra”.


En segundo lugar, el arte contemporáneo depende en muchos casos de su contexto o sea de la galería o el museo donde se exhibe para poder existir a los ojos del público como arte. Las obras contemporáneas no pueden verse sino en el museo, los objetos que allí se muestran no tienen sentido en otro lugar.


En tercer lugar, el artista ya no importa: “si el artista es el creador del arte y el arte ya no requiere de creación, entonces tampoco requiere del artista”. Es decir que en el mundo del arte contemporáneo cualquiera puede ser artista, ya que no hay realmente creación. En efecto, apenas se necesita un poco de ingenio para hacer un ready-made, un performance o una instalación o como suele ocurrir con artistas hoy mundialmente famosos, lo que prima es la copia sin original y la manufactura en una fábrica.


Algunos artistas son un verdadero fraude. El nuevo artista del tipo de Jeff Koons, quien antes de ser artista fue corredor de bolsa en Wall Street, son más importantes sus habilidades de marketing que su talento creativo, ya que no hacen sus obras sino que las mandan hacer y al por mayor ya que son en su mayoría objetos publicitarios. Ocurre lo mismo Richard Prince que se vale de la copia como es el aprovechamiento de los selfies de Instagram para construir su obra. Takashi Murakami, cuya obra se basa en el comic y los dibujos animados, ha desarrollado su trabajo a través de una empresa llamada Kakai Kiki, que cuenta con más de cien empleados en Tokio, Saitama y Nueva York. Damien Hirst,  con su extravagante obra de  cuadros gigantes de esferas, animales conservados en formol y cuadros de mariposas se  ha convertido en uno de los más caros y más conrovertidos pues ayudó a inflar la burbuja del arte contemporáneo que reventó a finales de 2008. 




En cuarto lugar, la formación del artista en cuanto pintores, dibujantes, escultores o grabadores hasta dominar una técnica y perfeccionar un talento ya no es lo primordial sino más bien desarrollar la habilidad para la “conceptualización de la obra”. Hoy día basta que el artista designe algo como arte para que lo sea. No obstante, asegura Avelina Lésper, “La conceptualización y los discursos retóricos no producen arte como tampoco mandar a hacer las obras nos hace artistas”. La calidad estética de la obra y el talento para desarrollar una técnica se convierten en cuestiones secundarias. El arte debe trascender y  transformar la realidad.


Finalmente, algunas obras contemporáneas son contestatarias, políticamente correctas y llevan un mensaje social o feminista, las cuales gozan incluso del apoyo del mercado y las instituciones, pero nuevamente carecen de un valor estético y pueden a la vista ser ofensivas o simplemente desagradar. Como dice Lésper, “Es el caso de las mujeres que explotan el eslogan de la libertad femenina también enarbolan el de la libertad artística (…) Los mensajes contradiciendo las ideas de libertad que ensalzan, se codifican y se acotan. El cuerpo, la maternidad, la violencia de género, la casa, la familia, los roles de las mujeres, las relaciones amorosas”. Basta observar los performances de Lorena Wolffer sobre las mujeres maltratadas, o los frascos de limpiadores de Eulalia Valldosera o los utensilios de cocina y la ropa lavada de Jessica Stockholder.




La negación de la estética y la factura es muy conveniente para el mercado del arte, pues así es muy fácil inflar en el mercado una obra que no tiene mayor valor artístico al punto que se desee y cómo se desee. Ya depende de sofisticadas estrategias de marketing y de la suerte. El viejo criterio de la unidad de forma y contenido para juzgar una obra según el cual la técnica y el diseño que definen el estilo son la forma y el tema es el contenido, se fue a pique hace mucho tiempo. Reconocer una obra maestra del arte contemporáneo o a un genio,  se convierte en algo incierto, difícil y relativo. Los artistas más cotizados  por sus ventas no necesariamente son los mejores.


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