Historias de la realidad o la realidad de las historias

lunes, 6 de febrero de 2017

El euro cuestionado


Joseph E. Stiglitz en su más reciente libro El Euro: Cómo la moneda común amenaza el futuro de Europa, nos muestra una vez más cómo las políticas inspiradas en la ideología más que en la evidencia son tan nocivas como inapropiadas.  En el caso de la eurozona, la integración económica con base en una moneda común se planteó prematuramente, sin establecer una serie de instituciones que permitieran que una región con la diversidad que tiene Europa funcionara eficazmente con una sola moneda. El proyecto de integración política, que también se buscaba, nunca se hizo realidad. La divergencia entre los países es cada vez más grande  y particularmente desde la crisis financiera de 2008, agravada con la del euro en 2010, los países del Sur de Europa cada vez están más estancados mientras que Alemania se hace cada vez más rica en comparación con otros países de la zona pero a costa de una gran desigualdad interna.

La moneda única implicaba un tipo de cambio fijo  y un tipo de interés único, para países con diversas particularidades  y grados de desarrollo. Inicialmente hubo convergencia y el dinero fluyó a los países de la periferia como Grecia, España, Portugal e Irlanda pero cuando llegó la crisis, que obró como detonante,  los capitales y el crédito los abandonaron. Se culpó a las víctimas, a  sus abultados déficits y a la corrupción pero la realidad es  que las políticas de la eurozona impidieron la adaptación a las conmociones de la crisis financiera mundial.

No se podían tomar políticas discrecionales basadas en la tasa de cambio o la tasa de interés , en su defecto se impusieron las  devaluaciones internas competitivas, o sea bajar los precios del país en  relación con el resto, mediante  políticas de austeridad. La caída de los salarios y precios, no condujo a un crecimiento de las exportaciones pero sí a una reducción del PIB y el estancamiento económico se entronizó en la eurozona. En cuanto al exceso de deuda de los países endeudados en euros, no había control sobre la impresión sobre la moneda y algunos países de la eurozona se volvieron prestatarios de otros, especialmente Alemania que tenía el dinero.

Alemania presenta ahora un  superávit comercial enorme: más grande que el de China como porcentaje del PIB, lo cual es un problema porque se refleja como déficit en el resto de países de la eurozona, contribuyendo a una crisis de la demanda en toda la zona.

Como dice Stiglitz, “la eurozona era un edificio hermoso levantado sobre unos cimientos muy débiles”, las virulentas grietas se hicieron evidentes después de la crisis de 2008. El libre flujo de capitales hizo que se creyera que no había riesgos y primero el flujo llegó a los países periféricos, se crearon burbujas inmobiliarias  (España e Irlanda) y crearon déficits públicos en (Grecia)  e inflación, luego este dinero abandonó a los países débiles hacia los países fuertes.

La fuga de capitales y la migración laboral  se convirtieron en fuentes de divergencia.  Bajo la libre circulación de trabajadores y de capital, los países compiten por atraer los capitales y los trabajadores más calificados, rebajando los impuestos lo que agravó la divergencia entre países. Es indudable que la eurozona ha impuesto más armonización de la necesaria lo cual ha molestado especialmente a los británicos. Se prohibieron las políticas de fomento industrial que hubieran permitido a los países más atrasados converger.

La troika y la crisis


A los problemas de la estructura de la eurozona se han sumado las políticas impuestas a los países más afectados tras la crisis por la troika conformada por el Fondo Monetario Internacional, FMI,  el Banco Central Europeo, BCE, y la Comisión Europea.  Europa se equivocó imponiendo la austeridad y unos recortes excesivos al gasto público que solo ahondaron la crisis.

El BCE, la principal institución bancaria, se centró, por motivos ideológicos característicos  de la ortodoxia neoliberal en la estrecha lucha contra la inflación, olvidándose de la responsabilidad democrática.  Cuando sobrevino la crisis, no existía en la eurozona un sistema bancario que garantizara  el rescate de las entidades con problemas ni un fondo especial para la estabilización. “El ejemplo más radical lo vimos cuando el banco decidió no ejercer como prestamista de última instancia para Grecia en el verano de 2015. Mientras Grecia negociaba con la troika, los bancos del país se vieron obligados a cerrar sus puertas y entre bastidores el BCE amenazaba con imponer aún más costes al país si no aplicaba con cumplir con las demandas de la troika”.


Las alternativas


Stiglitz no solamente analiza la crisis del euro, es propositivo y plantea un mundo alternativo: darle la oportunidad al euro de salir adelante lo cual implica unos cambios estructurales para lograr la convergencia entre países o un divorcio amistoso, o sea la salida de unos cuantos países de la eurozona, quizás con la división de la eurozona en dos o más áreas con sus respectivas monedas.

El libro explica con detalle el tipo de reformas que se necesitarían para uno u otro caso.  Para que la eurozona funcione se requieren de varias reformas estructurales: Primero, un sistema financiero común.  Segundo, la mutualización de la deuda.  Tercero, un marco común para la estabilidad que consta de seis partes: 1. Reforma a los criterios de convergencia de Maastrich, 2. Un fondo solidario europeo de estabilización, 3. Implantar estabilizadores progresivos automáticos. 4. Una política monetaria más flexible, 5. Regulaciones a los mercados y 6. Unas políticas anticíclicas más activas.  Cuarto, una verdadera política de convergencia, o hacia una realineación estructural (Desalentar los superávits, la ampliación salarial y las políticas fiscales en los países con superávit,  revertir el resto de políticas divergentes). Quinto, una estructura de la eurozona que fomente el pleno empleo y el crecimiento en toda Europa (la macroeconomía). Sexto,  reformas para garantizar el pleno empleo y el crecimiento en toda Europa (Un sistema financiero que sirva a toda la sociedad, una reforma ala gobernanza corporativa, un supercapítulo 11 para las quiebras, promover las inversiones medio ambientales).  Y Séptimo, un compromiso por la prosperidad común.

Igualmente plantea una serie de reformas  en las políticas anticrisis y algunas medidas para un divorcio amistoso comenzando por un nuevos sistema monetario más acorde a  las exigencias del siglo XXI.


El Brexit


Aunque Gran Bretaña nunca aceptó el Euro como moneda única considera que el Brexit es expresión de las fallas de la eurozona como proyecto de integración y señala que el Reino Unido, en parte, se ha visto atrapado en el mismo torbellino que ha golpeado a Estados Unidos: los ciudadanos de a pie de ambas orillas se han hartado, grandes sectores de la población la están pasando mal pues la agenda neoliberal de los últimos 30 años solo ha beneficiado al 1%, pero no al resto.

El centro izquierda del Reino Unido se dejó cooptar y abrazó la agenda neoliberal e impuso la austeridad por su cuenta. La extrema derecha, por su parte, se ha centrado en el tema de la inmigración y el comercio como fuentes de la crisis, y en parte tienen razón. Los tratados comerciales se han negociado en secreto, teniendo en cuenta los intereses empresariales y no los de los ciudadanos del común. Como en el caso del comercio los defensores de la liberalización de las migraciones sobrevaloraron  los beneficios y subestimaron los efectos distributivos y sus consecuencias. Desde mediados de 2015,  la atención se trasladó de la crisis del euro a la de los inmigrantes, los miles de refugiados provenientes de países desgarrados por las guerras de Oriente Próximo. Europa ha gestionado mal esta crisis y nunca logró un sistema equitativo para repartir la carga.

La solución está ahí, pero se requier de una decisión política.  Se necesita más Europa o menos Europa. La crisis del Euro no ha terminado, por lo pronto una mayor integración económica no ha conllevado ni ha un mayor bienestar ni a una mayor integración política. De todas maneras el status quo es insostenible.  La eurozona es la unión de 19 países muy diferentes. Los costes de la disolución pueden ser altos pero el coste de permanecer juntos pueden ser aún mayores, concluye Stiglitz.  



domingo, 8 de enero de 2017

La abdicación de la izquierda


Por Dani Rodrik, profesor de Economía Política Internacional de Harvard  para Project Syndicate 

RONDA, ESPAÑA – Mientras el mundo no termina de recuperarse de la conmoción del Brexit, economistas y políticos comienzan a darse cuenta de que subestimaron seriamente la fragilidad política de la forma actual de la globalización. La revuelta popular que aparentemente hay en curso adopta formas variadas y superpuestas: reafirmación de identidades locales y nacionales, demanda de mayor control y rendición de cuentas democráticos, rechazo de los partidos políticos centristas y desconfianza hacia las élites y los expertos.
Esta reacción era predecible. Algunos economistas (entre los que me incluyo)advirtieron sobre las consecuencias de llevar la globalización económica más allá de los límites de las instituciones que regulan, estabilizan y legitiman los mercados. La hiperglobalización comercial y financiera, dirigida a la plena integración de los mercados mundiales, desgarró las sociedades locales.
Pero lo que sorprende más es el giro decididamente derechista que tomó la reacción política. En Europa, el proceso ha llevado al surgimiento de una serie de partidos mayormente populistas nativistas y nacionalistas, mientras que la izquierda solo ganó terreno en unos pocos lugares como Grecia y España. En Estados Unidos, el demagogo de derecha Donald Trump consiguió desplazar al establishment republicano, mientras que el izquierdista Bernie Sanders no pudo vencer a la centrista Hillary Clinton.
Tal como a regañadientes concede el nuevo consenso que comienza a aparecer en elestablishment, la globalización acentúa las divisiones de clase entre quienes cuentan con habilidades y recursos para aprovechar la existencia de mercados globales y quienes no. Tradicionalmente, las diferencias de ingresos y clase, a diferencia de las identitarias basadas en la pertenencia racial, étnica o religiosa, siempre fortalecieron a la izquierda. ¿Por qué esta fue incapaz de presentar un cuestionamiento político significativo a la globalización?
Una respuesta es que la inmigración restó protagonismo a otros “shocks” de la globalización. La percepción de una amenaza de ingreso masivo de inmigrantes y refugiados de países pobres con tradiciones culturales muy diferentes agrava las divisiones identitarias que los políticos de extrema derecha saben explotar tan bien. Por eso no es sorpresa que políticos de derecha como Trump o Marine Le Pen aderecen su mensaje de reafirmación nacional con una abundante dosis de simbolismo antimusulmán.
Las democracias latinoamericanas son un contraste elocuente. Para estos países la globalización fue ante todo un shock del comercio internacional y la inversión extranjera, más que un shock de inmigración. La globalización se convirtió en sinónimo de las políticas del “Consenso de Washington” y de apertura financiera. La inmigración de Medio Oriente o África fue limitada y no adquirió relevancia política. Por eso la reacción populista en América latina (en Brasil, Bolivia, Ecuador y, más desastrosamente, Venezuela) fue hacia la izquierda.
La historia es similar en las dos grandes excepciones al resurgimiento de la derecha en Europa: Grecia y España. En la primera, la discusión política giró en torno de las medidas de austeridad impuestas por las instituciones europeas y el Fondo Monetario Internacional. En España, la mayoría de los inmigrantes, hasta hace poco, vino de países latinoamericanos con semejanzas culturales. En ambos países, la extrema derecha no halló el caldo de cultivo que tuvo en otras partes.
Pero tal vez la experiencia en América latina y el sur de Europa revela una debilidad mayor de la izquierda: la ausencia de un programa claro para remodelar el capitalismo y la globalización para el siglo XXI. Desde Syriza en Grecia hasta el Partido de los Trabajadores en Brasil, la izquierda no pudo hallar ideas económicamente razonables y políticamente populares (salvo paliativos como la transferencia de ingresos).
Gran parte de la culpa es de los economistas y tecnócratas de izquierda. En vez de ayudar a definir ese programa, se entregaron con demasiada facilidad al fundamentalismo de mercado y adoptaron sus principios centrales. Peor aún, lideraron el movimiento hiperglobalizador en momentos cruciales.
La entronización de la libre movilidad del capital (especialmente de tipo volátil) como norma por parte de la Unión Europea, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos, y el FMI fue probablemente la decisión más fatídica para la economía global que se haya tomado en las últimas décadas. Como demostró Rawi Abdelal, profesor de la Escuela de Negocios de Harvard, los principales promotores de esta iniciativa a fines de los ochenta y principios de los noventa no fueron los ideólogos del libre mercado, sino tecnócratas franceses como Jacques Delors (en la Comisión Europea) y Henri Chavranski (en la OCDE), estrechamente vinculados con el Partido Socialista en Francia. Asimismo, en EE. UU., la embestida desreguladora fue liderada por tecnócratas asociados con el Partido Demócrata (de orientación más keynesiana), como Lawrence Summers.
Es probable que el fallido experimento keynesiano de Mitterrand a principios de los ochenta haya dado a los tecnócratas socialistas franceses razones para concluir que una gestión económica en el nivel nacional ya no era posible y que no había una alternativa real a la globalización financiera: lo mejor que podía hacerse era aprobar normas paneuropeas y mundiales, en vez de dejar a países poderosos como Alemania o EE. UU. imponer las suyas.
La buena noticia es que el vacío intelectual de la izquierda se está llenando, y ya no hay motivos para seguir creyendo en la tiranía de la falta de alternativas. Hay un corpuseconómico “respetable” cada vez mayor del que los políticos de izquierda deberían extraer inspiración.
Veamos algunos ejemplos: Anat Admati y Simon Johnson defendieron la implementación de reformas radicales en el sector bancario; Thomas Piketty y Tony Atkinson propusieron un variado menú de políticas para encarar la desigualdad en el nivel nacional; Mariana Mazzucato y Ha-Joon Chang escribieron textos muy profundos sobre cómo fomentar la innovación inclusiva desde el sector público; Joseph Stiglitz José Antonio Ocampo propusieron reformas globales; Brad DeLong, Jeffrey Sachs y Lawrence Summers (¡el mismísimo!) sostuvieron la necesidad de inversión pública a largo plazo en infraestructura y economía verde. Aquí hay suficientes elementos para construir una respuesta económica programática desde la izquierda.
Una diferencia crucial entre la derecha y la izquierda es que la primera prospera profundizando divisiones en la sociedad (“nosotros” contra “ellos”), mientras que la izquierda, cuando es exitosa, las supera por medio de reformas que unen a las partes. De allí la paradoja: las primeras olas de reformas desde la izquierda (el keynesianismo, la socialdemocracia, el Estado de bienestar), al salvar al capitalismo de sí mismo, se volvieron ellas mismas superfluas. Si no se plantea otra respuesta similar ahora, se dejará vía libre a los movimientos populistas y de extrema derecha que llevarán el mundo (como siempre lo han hecho) a una división más profunda y una proliferación de conflictos.
Traducción: Esteban Flamini

domingo, 16 de octubre de 2016

La globalización y el auge del populismo de derecha


La globalización neoliberal al no generar el prometido bienestar para las mayorías sino todo lo contrario: pobreza, desempleo, marginamiento y  estancamiento económico ha producido una gran polarización política como respuesta, apuntalada por corrientes de izquierda antiglobalización pero más recientemente por el resurgimiento de una derecha populista que antaño era liberal, neoliberal o conservadora y que genera gran confusión. Confunde porque defienden el proteccionismo, busca el voto obrero y propenden por partidos “neoproletarios” sin socialismo, por supuesto, que apelan al trabajador blanco frustrado por su situación económica y social y que proponen que el acceso a los recursos públicos y a los puestos de trabajo debe ser primero para los nacionales.

Hay distintas variantes de este fenómeno pero tienen en común la bandera  contra las élites políticas y financieras y la defensa de una identidad nacional que se ve amenazada, sobre todo por los extranjeros. “Son movimientos antiglobalización de derechas”, dice el experto Xavier Casals que denomina este fenómeno como “nacional populista”.

Se trata de políticos del talante de Donald Trump, el candidato republicano a la presidencia de Estados Unidos, que se replica en Europa en cabeza de Norbert Hofer del Partido de la Libertad de Austria, quien estuvo a punto de ganar las elecciones; el exalcalde de Londres, Boris Johnson, a quien se le ha apodado “el rey de la comedia política”; Marine Le Penn en Francia; en el norte de Europa Sylvi Listhaug del Partido del Progreso noruego; el danés Kristian Thulesen Dahl, líder del Partido Popular, que ocupa el segundo lugar en el parlamento y  Geert Wilders, el líder del Partido por la Libertad holandés.

Todos los anteriores tienen en común que apelan al proteccionismo y a  un nacionalismo radical motivado por la crisis de los refugiados. El reclamo nacionalista   utiliza la imagen de un peligro potencial para la integridad de la comunidad nacional, un recurso reiteradamente utilizado a lo largo de la historia para fortalecer la cohesión y promover el consenso social con base en una supuesta identidad nacional.  Se crea así un enemigo sobre quien dirigir el descontento, con el pretexto de asegurar un “nosotros”. 

Su electorado es principalmente obrero. Aitor Hernández-Carr señala que numerosos estudios coinciden en señalar que desde los años 80 se ha producido una evolución común en el perfil socioecómico del electorado de las distintas formaciones de derecha radical populista. Si durante los 80 podría hablarse de un "predominio de individuos de clase media", a lo largo de los 90 y 2000 se hizo patente la progresiva "obrerización" del electorado.

Este es un populismo excluyente que justifica la expulsión fuera de la comunidad de unas “minorías amenazantes” de allí el endurecimiento de las leyes migratorias en el conjunto de la UE en la última década,  el crecimiento de la fobia contra el Islam  y/o la campaña de Sarkosy contra los roms  y en general contra los migrantes.  Remueven sentimientos de intolerancia, xenofobia  en sus electores, pero de ninguna manera atacan las verdaderas causas del malestar de la población, o sea las políticas neoliberales que se aplicaron a rajatabla en ambos lados del Atlántico.

La semana pasada el partido Conservador Británico en su Congreso en Birmingham  tomó un giro populista, donde se hicieron explícitas consignas dominadas por la xenofobia, el desprecio al inmigrante, la nostalgia de la Inglaterra imperial y las ideas más retrógradas en cabeza del ala dura del Brexit - Liam Fox, David Davis, Boris Johnson -  que salió fortalecida. Si Thatcher cimentó  un conservadurismo que exaltó el neoliberalismo, ahora May ha decidido refundarlo desde una visión  nacional populista. Ha señalado que el partido quiere alzarse “contra la visión cosmopolita de las élites, contra el espíritu libertario de la derecha y el socialismo de la izquierda”.


La consolidación de este tipo de populismo recrea épocas pasadas como los años 20 cuando surgieron condiciones para una gran conflagración.

Nobel de literatura para Bob Dylan



Por David Brooks, La Jornada 

Nadie sabe quién es aunque casi todos conocen su nombre, y rehúsa ser vocero de nadie aunque millones a lo largo de medio siglo le han dado la palabra, sin su literatura musical es imposible entender a este pueblo, y sus cantos rescatan para todos la ira y la tristeza, el amor y desamor, la indignación, la soledad y la solidaridad en este país.

Durante más de medio siglo dice que ha sido un trabajador con una herramienta. A los 22 años contó al famoso entrevistador Studs Terkel: mi vida es la calle en que camino; la música, la guitarra, es sólo mi herramienta, y que su trabajo no es más ni menos que el de alguien que hace pasteles, o que corta árboles o construye techos.

Dylan siempre es proclamado como la voz de la generación de protesta. Pero en su libro de memorias Chronicles-Volume One cuenta que cuando unos radicales en busca del "Príncipe de la Protesta" fueron a verlo a su casa, él tenía muy poco en común, y sabía aún menos, sobre una generación de la cual supuestamente yo era la voz.




Pocos artistas han tenido tanta influencia sobre la conciencia colectiva de este país. Su obra es parte integral de la narrativa nacional.

La noticia de que Dylan es el nuevo Premio Nobel de Literatura es un antídoto contra la cruda bajeza de esta coyuntura electoral en Estados Unidos. Sin embargo, el anuncio provocó el mismo debate que ha acompañado a este artista desde sus inicios, de que no es quien debería ser. Fue primero elogiado como una nueva voz del folk, sólo para interrumpirla con una guitarra eléctrica y un giro hacia el rock; fue declarado la voz de la generación de los sesenta, pero sigue siendo un músico contemporáneo que rehúsa ser voz de nadie; ha intentado de mil maneras escapar de las definiciones impuestas, y durante años persiste la controversia sobre si la obra de Dylan es literatura o no, y si no habían escritores más merecedores que alguien tan ronco y sin pretensiones intelectuales, alguien que apenas habla. 

¿No eres de esos que creen que Dylan es un poeta, ¿verdad?, preguntó Gore Vidal en una entrevista con La Jornada hace varios años. Hoy varios expresaron alguna versión de esto, pero todos, aunque rehúsen confesarlo, en algún rincón de su cabeza están murmurando, silbando o cantando la literatura de Dylan. En sus primeros años de artista, Dylan escribió sobre las inquietudes y furias de la generación de los sesenta, desde el movimiento antiguerra hasta los derechos civiles, y fue parte integral de la ruta sonora de lo que se llamaba la contracultura, de los que se dedicaron a romper las convenciones. Fue inmediato, pero no se atoró en la inmediatez. 

Su literatura musical nació radical, y su héroe (una vez dijo que era mi primer y mi último héroe) fue el legendario cantautor radical Woody Guthrie, a quien vino a conocer en Nueva York poco antes de su muerte. Varias de sus canciones se volvieron himnos de los movimientos sociales de los sesenta: Blowin’ in the WindThe Times They are a’ Changin’A Hard Rain is Going to Fall , entre otras. Se escuchaban en cafés y cantinas, en asambleas, mítines y manifestaciones. Siguen vigentes todas hoy día. De repente se escuchan entre niños, o entre veteranos de demasiadas luchas sociales, o algunos que están apenas aprendiendo sobre la historia reciente de su propio país.

La furia antiguerra de Masters of War (Maestros de Guerra, ver versión de Eddie Vedder) o With God on Our Side sigue, casi medio siglo después, tristemente vigente.

Dylan fue un príncipe poético del reino insurgente de música del Greenwich Village en Nueva York, un movimiento que tendría impacto nacional e internacional, donde desde muy joven sus canciones fueron interpretadas por músicos desde Jimi Hendrix, Joan Baez, The Band, The Byrds, Nina Simone y Johnny Cash, entre tantos más. Su influencia fue fundamental para una diversidad de músicos, desde Pet Townshend de The Who a Lou Reed, Patti Smith, David Bowie, Bruce Springsteen, Pearl Jam, Ani DiFranco, entre incontables más.

Pero no se quedó ahí, sino que atravesó por gran universo de géneros, empezando con el folk pero pasando por el rock, country, blues, gospel y, hace poco años, hasta música de la era de Sinatra. Dylan no ha dejado de moverse, jamás ha quedado atrapado en el pasado.

En un discurso al aceptar un premio en 2015, recordó que su primer productor le advirtió que “no había precedente para lo que estaba haciendo, que estaba yo adelantado para mi tiempo… o atrasado”, y que si eso era cierto, el público tardaba de tres a cinco años en alcanzarlo, pero el problema era que cuando el público me alcanzaba, yo ya estaba tres a cinco años más adelante; entonces se complicaban las cosas.

Comentó que “estas canciones mías las veo como obras de teatro de misterio, como las que Shakespeare veía cuando estaba creciendo… Estaba en los márgenes antes, y creo que están en los márgenes ahora. Y suenan como a que han recorrido un duro camino”. Explicó que sus canciones no brotan de la nada, sino que “todo salió de la música tradicional: música tradicional folk, rocanrol tradicional y música de big band…. Todas estas canciones están conectadas, que no los engañen. Simplemente abre una puerta diferente, de una manera diferente; nada más es diferente, pero dice lo mismo”.

Celebró a “artistas radicales que cimbraron la esencia misma de la humanidad… Radicales hasta el tuétano [que hacen] canciones que te llegan hasta los huesos….”.

Dylan es un camaleón, disfrazado pero siempre de sí mismo; jamás pretende ser otro. A sus 75 años de edad sigue en gira de conciertos, grabando, y escribiendo. Su voz a veces reaparece, a veces no. A veces canta de cosas místicas, otras de la vida de un obrero o de repente resucita algo viejo. Nunca se sabe.

Por alguna razón, preferiblemente misteriosa (para evitar algún análisis académico), Dylan da voz a los anónimos perdidos en el sueño/pesadilla estadounidense. A pesar de que rehúsa ser vocero, sus palabras revelan tanto una historia contemporánea individual y colectiva de este pueblo, como las grandes tensiones de una vida durante un día. Canta-cuenta historias. El nuevo premio Nobel es único o, como escribió Ann Powers en el New York Times hace años: En verdad no había necesidad de otros Dylans, porque Dylan siempre se ha renovado a sí mismo.


sábado, 8 de octubre de 2016

Demostrar que sí es verdad que el 99% de los colombianos queremos la paz



La tabla de salvación después del apretado resultado del plebiscito para refrendar el Acuerdo Final de la Habana no fue decir que el país quedó dividido en dos, como lo ha estado desde hace mucho tiempo, sino decir que todos queremos la paz, a pesar de que ganó el no. Esto lo entiendo porque era la única salida política posible luego de un resultado que representa una verdadera debacle para el futuro de la paz en Colombia. Los más sensatos, como el Senador Robledo del Polo Democrático, salieron a pedirle a los jefes del sí y del no, al presidente Santos y al senador Uribe,  que se sienten a concertar una salida para tamaño fiasco, uno que difícilmente entiende la comunidad internacional o que quizás lo entendió demasiado bien.

Nada más político y calculado que el Premio Nobel otorgado al Presidente Santos a los pocos días de haber ganado el no por menos de un punto porcentual del total de la votación. Le están mandando un mensaje al país muy directo: o  arreglan o arreglan. Y el reto no es nada fácil de cumplir. Casi seis años se demoraron las negociaciones de paz hasta su firma, pasando por su fase exploratoria para llegar al acuerdo general con sus seis puntos y luego casi cuatro negociándolos. Ahora tiene que ocurrir casi un milagro para que bajo la presión del cese al fuego bilateral, se llegue a unos puntos concretos y factibles para supuestamente mejorar el Acuerdo Final.

Y aquí está en juego el interés más caro de la nación: el fin de un conflicto armado de cinco décadas pero también otros más mezquinos como la contienda por el poder de 2018. El balón, por lo pronto, está en manos de los jefes del no, principalmente del Centro Democrático, y de las FARC-EP, por supuesto, que tiene que considerar abrir un nuevo espacio a la negociación y reconsiderar posiblemente su status en el postconflicto.  Colocar exigencias por encima de la realidad, como es pedir cárcel para todos los delitos cometidos por los ex combatientes de las FARC-EP, es algo así como  colocarle una talanquera infranqueable al proceso de paz. El pulso es delicado: cuánto ceder y cuánto exigir.

No es tampoco dable que por la sola presión de los marchantes y de las protestas quede ratificado el Acuerdo Final de la Habana, como muchos de los que votaron por el sí creen ingenuamente. Desafortunadamente, el resultado del plebiscito es uno dado por un mecanismo de democracia directa y la sentencia de la Corte fue definitoria y ya incluso los jefes del sí, reconocieron que era un resultado legítimo.  Nadie en la comunidad internacional tiene los argumentos jurídicos para desconocer el resultado. Lo mismo ocurrió con el Brexit. Es cierto que el plebiscito es un mecanismo difícil ya que busca que la ciudadanía responda a una sola pregunta sobre un asunto tan complejo como es el acuerdo final de un conflicto de 297 páginas,  es cierto que hubo una abstención enorme y que la campaña fue demasiado corta, con desinformación y no exenta de manipulación.


No queda más remedio que confiar en que se dé un poco de sensatez e inteligencia política para interpretar correctamente el reto histórico del momento. Hay que dejar de lado la mezquindad, el deseo revanchista, y demostrar en los hechos que es verdad que el 99% de los colombianos sí queremos la paz, a pesar de todo.

viernes, 16 de septiembre de 2016

Un mundo polarizado e inestable: Manfred Bienefeld


Mantengo un intercambio epistolar con Manfred Bienefeld,un académico canadiense de la Universidad de Carleton, ya  retirado, experto en temas internacionales, la globalización y el desarrollo. Mi ex profesor y amigo, ha mantenido algunas tesis que se sostienen en el tiempo. Nos alerta sobre un mundo polarizado e inestable, que tiene posibilidades de conducirnos a otra gran conflagración mundial. Aquí reproduzco algunas de sus principales tesis sobre la coyuntura actual por el interés que tienen para quienes nos preocupamos por el inquietante contexto internacional.

Manfred siempre ha sostenido, en sus escritos y en sus clases,  desde mediados de los setentas, que los mercados deben estar constreñidos por regímenes sociales y políticos capaces de controlar sus tendencias centrífugas y que si a la globalización neoliberal se le permite continuar erosionando los “Estados-nación” llamados a ejercer dichas  funciones de control,  por necesidad y falta de alternativas, los ciudadanos eventualmente perderían la fe en esos estados. Y  ha advertido  que a medida  que el mundo se vuelva cada vez más incierto y conflictivo,  estos se remitirán más y más a la religión y la etnicidad, para encontrar un “lugar donde pararse”.  En resumen, Manfred, siempre ha descrito esta situación como una que recrea las condiciones de 1920, y considera que sigue siendo una metáfora útil.

Es así como, aún en el “mundo desarrollado” vemos hoy personas cada vez más distantes de sus gobiernos, cada vez más cínicas respecto del proceso político y cada vez más inconformes por sus salarios congelados, los explosivos niveles de desigualdad en el ingreso, la inseguridad económica y el continuo deterioro de los servicios públicos y de la infraestructura. De repente aún el mantra según el cual la liberalización comercial opera en beneficio del bien público, está cayendo en total descrédito, sin importar quien lo diga o cuantas veces lo repita. Como escribió Yeats alrededor de 1920, en un maravilloso poema titulado  Slowching towards Bethehem: ¡”El centro no se sostiene…los mejores han perdido toda convicción”!

En resumen, la condición para una democracia real, entendida como un sistema que permite a los ciudadanos resolver sus diferencias amigable y constructivamente sobre unas bases sólidas, está desapareciendo rápidamente en casi todas partes. Y, por supuesto, este es un proceso que se auto refuerza en la  medida en que la inestabilidad genera conflicto, el cual, a su vez, exacerba la inestabilidad.  Y en respuesta, grupos, regiones, “gentes” definidas étnicamente y “naciones” se unen para defender sus intereses, o más a menudo, para defenderse de amenazas percibidas o reales frente otros que también buscan defender sus propios intereses, según como los perciban.


En el fondo, este es el combustible que hace que la política hoy día sea tan volátil,  como  la yesca seca, los bosques y praderas asolados por las sequía que representan riesgos enormes de incendios para la gente y las comunidades. Estas condiciones en parte explican muchos de los “sorprendentes desarrollos políticos” de los últimos años: los fenómenos de Donald Trump y Bernie Sanders en Estados Unidos, el desastre de Duterte en las Filipinas, el golpe brasilero, la informe y trágica “primavera árabe” – y también Brexit y Grexit- y….?

Dice Manfred, que durante años, cuando hablaba de semejantes posibilidades, siempre advertía que si su análisis se probaba correcto, entonces algún día se encontraría parado hombro a hombro con gente que básicamente detestaba – porque para el momento en que estas presiones se tornaran tan explosivas las demandas por una mayor autonomía vendría por lo general de grupos de derecha fascistas, y esto es lo que estamos presenciando hoy día.  Es así como vivió el Brexit, con un aparte de sí esperando  que un resultado pro Brexit obstaculizara la  globalización rampante (en la que el sistema financiero británico juega un importante papel),  pero al mismo tiempo atemorizado por “la política” de las personas que estaban promoviendo la campaña a favor.

Manfred explica  que para poder comprender el cuento europeo más ampliamente hay que también entender los esfuerzos desesperados de Estados Unidos por conservar su posición geopolítica en vista de los crecientes retos. En esencia, la respuesta de Estados Unidos  ha estado guiada por un principio expuesto por primera vez en un documento estratégico del Pentágono  expuesto a  comienzos de los noventa. En respuesta a  la pregunta “cuál debe ser el principal objetivo del poderío militar de Estados Unidos en el mundo de la post  Guerra Fría?”, el documento concluyó que debería ser el de “prevenir que surja una superpotencia rival”. Como resultado,  la diplomacia norteamericana se ha enfocado en tres “potenciales rivales” - China, Rusia y Europa -. En tanto que los dos primeros han sido crecientemente demonizados y cercados por bases militares y por países en los que “hemos” alentado, financiado y apoyado fuertes movimientos nacionalistas “hostiles a Rusia y China, respectivamente”  y a menudo también alentado y validado, largas y continuas fisuras étnicas o religiosas para tal fin.

En el caso de Europa, un ostensible cercano aliado, los mismos fines han sido perseguidos, pero de una manera más subrepticia e indirecta. Por un lado, Estados Unidos apoyó decididamente la entrada de Gran Bretaña a la Unión Europea, con el propósito de convertir a Bruselas  en un propagador del neoliberalismo – cuestión que Gran Bretaña hizo durante algún tiempo-; segundo, comenzando con el desmembramiento de Yugoslavia, la OTAN fue transformada en una fuerza agresiva que uniera a Europa más estrecha y formalmente a la estrategia global estadounidense y proveyera a Estados Unidos con una base para pedir grandes incrementos  de gasto militar a sus “socios” europeos; y tercero; este propósito se ha logrado mediante el fuerte apoyo a la constante expansión del ámbito de la Unión Europea, destruyendo efectivamente  la esperanza, o más bien el sueño de que la Unión Europea pudiera algún día, convertirse efectivamente en una entidad nacional, y asegurando que ésta terminara simplemente siendo una entidad económica unificada – otra zona más de “libre comercio” en esteroides.

Todo esto “funcionaba” desde la perspectiva estadounidense, pero había oposición al interior de Europa, y la situación se ha vuelto explosiva en la medida que  el continente ha padecido al tratar de lidiar con el tsunami de los refugiados de la guerra – y económicos- generados por la simultánea desestabilización de una serie de regímenes claves del Medio Oriente. De manera que ahora hemos creado una situación en donde la guerra – una gran conflagración – se ha convertido, una vez más, en una absurda y trágica posibilidad. 

domingo, 7 de agosto de 2016

15 claves para entender el plebiscito por la paz


1. Olvídese del debate sobre el referendo
Ayer hasta las ocho de la noche se rumoraba sobre la posibilidad de que la Corte dijera que la manera correcta de refrendar el Acuerdo Final de Paz era a través de un referendo. Ese escenario quedó completamente descartado por el alto tribunal y dijo, con insistencia, que lo que el Presidente debe convocar para preguntarle al pueblo si está de acuerdo con lo logrado en La Habana, es un plebiscito especial.
2. Usted contestará una sola pregunta
De acuerdo con las reglas que establece la Constitución para convocar a un plebiscito, lo que se le tiene que preguntar a los colombianos debe estar condensado en una sola pregunta lo suficientemente bien construida como para que la respuesta sea un sí o un no.
3. Se necesitan 4.5 millones de votos
Lo aprobado por la Corte dice que para que haya un ganador, ya sea el sí o el no, se necesita que 4.5 millones de colombianos voten. Este número corresponde a un umbral del 13% del censo electoral.
4. Nada de campañas políticas
Queda rotundamente prohibido que en las campañas por el sí o por el no se incorporen contenidos de un partido o movimiento político. Tampoco está permitida la promoción ni divulgación de candidaturas de elección popular.
5. Funcionarios públicos sí, pero...
De acuerdo a lo decidido por la Corte, los funcionarios públicos sí podrán participar de las campañas por el sí o por el no pero sin tener ningún tinte político. Mientras se conocen más detalles de la ponencia final, El Espectador pudo establecer que el alto tribunal habría constatado por lo menos 127 restricciones para la participación de estas personas en el plebiscito.
6. Nada de dineros públicos
Este fue otro de los puntos que tajantemente la Corte frenó con su intervención. Queda completamente prohibido utilizar dineros públicos en la campaña por el plebiscito.
7. No es una votación en contra o a favor de la paz
Tanto en el proyecto de fallo estudiado por la Corte, como en lo decidido después de más de ocho horas de votación, es claro que el plebiscito no está convocando a los colombianos a que decidan si están de acuerdo con que en Colombia haya paz. Se trata entonces de una manera de preguntarle al pueblo si está de acuerdo con una decisión política que en este caso es el Acuerdo Final que el Presidente logre firmar en La Habana.
8. ¿Qué significa que sólo sea vinculante para el Presidente?
En palabras sencillas, significa que los resultados de la votación solo afectarán las decisiones del Presidente pues él es quien está poniendo a votación una decisión política propia. Entonces: si gana el sí, el mandatario podrá, sin ningún problema, incorporar el Acuerdo Final en la Constitución por medio de proyectos de ley o actos legislativos.
9. ¿Y si gana el no?
Ni Presidente, ni ningún ente gubernamental, podrían incorporar lo aprobado en La Habana dentro de la Constitución.
10. ¿Pero entonces si gana el no se caería el acuerdo?
No. Según la Corte Constitucional, el carácter vinculante solo atañe al Presidente. Por eso, el Congreso, por ejemplo, podría encargarse de que el acuerdo no muera. Además, no se descarta tampoco la posibilidad de que, por medio de un acto legislativo, se le devuelvan las facultades al mandatario para que él mismo lo haga.
11. Usted sabrá con detalles qué se logró en La Habana antes de votar
Una de las reglas fundamentales que debe cumplir el Presidente para convocar a un plebiscito es que se debe publicar la totalidad del Acuerdo Final para que, por lo menos un mes antes de la votación, los colombianos puedan saber por qué están votando. Además, la Corte Constitucional dijo que es esencial que para que esta norma se cumpla, el acuerdo sea traducido a idiomas diferentes al español y que además sea entendible para las personas en condición de discapacidad.
12. ¿Y si no se cumple el umbral?
Con respecto a estar pregunta, la Corte Constitucional no se pronunció. Sin embargo, la Constitución dice que cuando en una votación no se cumple el umbral pactado, se cae la convocatoria. Es decir, el plebiscito fracasaría.
13. ¿Quién puede votar?
Todos los colombianos que tengan inscrita su cédula en los puntos de votación que se instalarán en todo el país. Además, quienes vivan en el exterior podrán acercarse a los centros que organice cada consulado para inscribirse y participar.
14. ¿Qué reglas tiene la difusión de las campañas por el sí y por el no en medios de comunicación?
La Corte es clara en ordenar que la transmisión debe ser exclusivamente para la divulgación del contenido del Acuerdo Final y no para su promoción. Por eso, lo que se trasmita no puede tener cargas valorativas ni estratégicas que incidan en los votantes. Además, la información deberá ser veraz e imparcial. Estas campañas solo podrán trasmitirse después de que el Congreso apruebe la convocatoria para el plebiscito.
15. ¿Cómo se hace la convocatoria?
El presidente deberá presentarle un informe al Congreso con el contenido completo del Acuerdo Final para la terminación del conflicto y la construcción de una paz estable y duradera. El mismo día que haga esta presentación, deberá expresarles formalmente a los congresistas su deseo de convocar un plebiscito para preguntarle a los ciudadanos si están de acuerdo o no con lo pactado en La Habana.