Pasar de cierta edad, de los sesenta
años más o menos, es considerado un verdadero descalabro por la
sociedades occidentales. Hay una real obsesión por evitar el
envejecimiento y alrededor de ello hay un lucrativo mercado de
regímenes de salud, tratamientos de belleza, ejercicios y otras
formas de enmascarar la edad. Se cree que envejecer es sinónimo de
decaimiento físico y mental, marginalidad social y productiva. Y a
las personas mayores, especialmente a las mujeres, se les trata con
desdén.
El envejecimiento está rodeado de
mitos. Lo prueban la multitud de personas que parecerían estar
envejeciendo vitalmente, personas no excepcionales sino normales, que
no solo mantienen un buen estado físico y mental sino que además
desarrollan nuevas aptitudes psicosociales y capacidades por ejemplo
para la estratagema, sagacidad, prudencia y sensatez, como lo
evidencian algunos estudios realizados en personas que han vivido con
familia, con recursos suficientes y no en instituciones. Así lo
atestigua el libro de Betty Friedan La Fuente de la Edad. El
deterioro físico del cerebro no es lago programado en la vejez, es
decir está demostrado que un cerebro normal sano no pierde
necesariamente células nerviosas con la edad.
Quienes nos vamos acercando a esta
temida edad difícilmente podemos recordar los tiempos y culturas
donde los viejos, o mejor, personas mayores eran respetados,
consultados y venerados por su sabiduría.
En Colombia, la menos, donde la
población en general está envejeciendo a un ritmo mayor que en
otros países1,
se espera que los viejos se retiren pronto de las actividades
productivas sin embargo las condiciones materiales para hacerlo son
de las peores del mundo.
¿Cuál es la suerte de los casi cinco
millones de personas mayores de 60 años, que correspondían al 10,5
por ciento de la población en 2013 y de los 650.000 que sobrepasaban
los 80 años? La respuesta no es para nada optimista en un país
donde la mayoría de las personas de más de 60 años está llegando
a su vejez sin recursos económicos para vivir. Así lo advierte una
investigación adelantada por la Universidad Externado de Colombia
publicada en 2015, que revela que el 75 por ciento de los adultos
mayores del país no recibe ninguna pensión. Por si fuera poco, el
22 por ciento de esta población vive con menos de 206.091 pesos
mensuales, es decir, en condiciones de pobreza. En el resto del mundo
la situación no es mucho más esperanzadora: cerca de la mitad de
las personas en edad de jubilación no reciben ningún tipo de
pensión y es deficitaria en el caso del 52 por ciento de los que la
reciben, según alertó la Organización Internacional del Trabajo.
Estas son tristes realidades.
La posibilidad de pensionarse se hace
cada vez más remota, entonces cómo no evaluar la vejez con
parámetros distintos al de la estrecha definición de ausencia de
juventud. No es extraño que enfermedades psicosomáticas,
cardiovasculares y la depresión agobien a esta población como si
fueran enfermedades naturales y propias del avance de la edad. Cómo
no valorar la edad madura más positivamente desde el punto de vista
de la sociedad y de la producción. Las empresas y los gobiernos se
beneficiarían de la sabiduría de los hombres y mujeres mayores si
no estuvieran pensando a cada momento en los supuestos costos
laborales de contratarlos. Los artistas que son más productivos,
creativos y originales en la vejez se consideran como excepción a la
regla, como genios.
Una actitud distinta de quienes estamos
ad portas también es necesaria. Se requiere no sucumbir al
estereotipo que se quiere imponer. Envejecer, sí, pero activos y
vitales rechazando con actos y decisiones inteligentes el concepto de
vejez como un inevitable declive.
1El
informe The Challenge of Global Aging referencia que entre el
2010 y el 2036 los mayores de 65 años pasarán de ser el 6 por
ciento de la población al 15 por ciento, un saldo que en EE. UU.
tardó 69 años y en Francia 115.
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